viernes, 7 de junio de 2013

MI VOZ BUSCABA EL VIENTO PARA TOCAR SU OÍDO

Siempre me arrepiento nada más empezar. Explicar poesía a unos adolescentes derrumbados sobre el pupitre es, a estas alturas del curso y de la vida, derrumbarse también sobre la mañana lluviosa de mayo. Reparto las fotocopias mientras ellos las recogen con gesto mecánico hablando de cualquier cosa. Espero su silencio, que tarda en llegar, que nunca es del todo silencioso ni inmóvil, pero acaba por  dejar que mi voz encuentre poco a poco su hueco en el aula.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.
JH. se sienta al final de la clase con su visera echada hacia delante. No tiene libro ni libreta desde ya no sé cuándo. En realidad lo único que tiene en la vida es esa pequeña rebeldía en la que se atrinchera y que cada vez le salva de menos cosas. 
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.
T. y A. están hechos de ese material inconsistente de la ignorancia aplaudida por sus mayores, de la trapacería mezquina, de la tabla rasa del desprecio hacia todo lo desconocido. Con los ojos fijos en la pared, bostezan ostensiblemente y sonríen con una malicia diminuta.
Cuerpo de piel, de musgo, de leche ávida y firme.
M. abre sus ojos redondos como esferas, llevado por una música de sílabas que no acierta a comprender aunque le hable en su propio idioma. Arruga el ceño y copia... quién sabe qué copia en su libreta florecida de faltas de ortografía.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.
L. y M. siguen los versos con arrobo de muchacha mal enseñada. Se miran de vez en cuando, partícipes de una complicidad de callejón oscuro, pequeña sordidez de barrio en la que van escribiendo sus conquistas como escriben versos infames en sus carpetas.
Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
C. me escucha sumido en un silencio doloroso. Serio y frágil, como un pájaro herido, aletea por los pasillos sin atreverse a reconocer el secreto a voces de su deseo. Es el más educado, el más callado, el que menos sabe del mundo y de las cosas.
La noche está estrellada y ella no está conmigo.
S. mira por la ventana. S. mira siempre por la ventana, como un convicto sin esperanza, como un naúfrago en una isla, como un vigía a la espera de las tropas liberadoras.
Y así van pasando mis ojos por los pupitres mientras el sonido de mi lectura parece llenar el aire de un recogimiento cada vez más espeso, más anárquico e inconsistente, más evocador o tedioso. Pero flota, por un instante sobre sus cabezas, el poder efímero y prodigioso de las palabras.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.
Mi querida Lula, ahora sé por qué a pesar de arrepentirme siempre, reincido año tras año en el delito de la poesía.
Recibe un fuerte abrazo de tu viejo profesor
Lucas Tanner

lunes, 3 de junio de 2013

PASSIONE


Sobre todo es eso... pasión por una ciudad inclasificable, pasión por la música. Quizás no se pueda entender este docu-musical de John Turturro sin haber paseado la mirada por cualquier devastado callejón napolitano, por el abigarrado paisaje humano de Spaccanapoli, esa navajada urbanística por la que rezuma la vida en todo su esplendor y contradicción. Mediterráneo hasta la médula, ciudad portuaria, quintaesencia de la historia que nos sitúa en el tiempo... Nápoles y la música tejiendo una tela de araña excéntrica a nuestro alrededor. Un espectáculo bizarro e irrepetible que nos iguala más allá de cualquier diferencia. Hay que dejarse llevar.

jueves, 30 de mayo de 2013

EL SÍMBOLO DE TODA NUESTRA VIDA


Hay noches que debieran ser la vida.
Intensas largas noches irreales
con el sabor amargo de lo efímero
y el sabor venenoso del pecado
-como si fuésemos más jóvenes
y aún nos fuese dado malgastar
virtud, dinero y tiempo impunemente.

Debieran ser la vida,
el símbolo de toda nuestra vida,
la memoria dorada de la juventud.
Y, como el despertar repentino de una vieja pasión,
que volviesen de nuevo aquellas noches
para herirnos de envidia
de todo cuanto fuimos y vivimos
y aún a veces nos tienta
con su procacidad.
Porque debieron ser la vida.

Y lo fueron tal vez, ya que el recuerdo
las salva y les concede el privilegio de fundirse
en una sola noche triunfal,
inolvidable, en la que el mundo
pareciera haber puesto
sus llamativas galas tentadoras
a los pies de nuestra altiva adolescencia.

Larga noche gentil, noche de nieve,
que la memoria te conserve como una gema cálida,
con brillo de bengalas de verbena,
en el cielo apagado en el que flotan
los ángeles muertos, los deseos adolescentes.

De "Los vanos mundos" Felipe Benítez Reyes



martes, 14 de mayo de 2013

MANERAS DE MORIR


Hay muchas maneras de matar.
Pueden meterte un cuchillo en el vientre.
Quitarte el pan.
No curarte de una enfermedad.
Meterte en una mala vivienda.
Empujarte hasta el suicidio.
Torturarte hasta la muerte por medio del trabajo.
Llevarte a la guerra…
Sólo pocas de estas cosas están prohibidas en nuestro Estado.
Bertolt Brecht

domingo, 12 de mayo de 2013

SIEMPRE


Un 12 de mayo de 1921, doña Emilia dejaba el mundo de los vivos. Creo que esa pequeña contingencia de la naturaleza no fue suficiente para acabar con el espíritu indómito de la condesa. Se ha quedado entre nosotros, con sonrisa socarrona, con desencantada melancolía o con rebelde apasionamiento. Un corazón salvaje al que rindo mi pequeño homenaje con este cuentecito que acabo de descubrir entre sus escritos.
FEMINISTA 
Emilia Pardo Bazán
Fue en el balneario de Aguasacras donde hice conocimiento con aquel matrimonio: el marido, de chinchoso y displicente carácter, arrastrando el incurable padecimiento que dos años después le llevó al sepulcro; la mujer, bonitilla, con cara de resignación alegre, cuidándole solícita, siempre atenta a esos caprichos de los enfermos, que son la venganza que toman de los sanos.
Conservaba, no obstante, el valetudinario la energía suficiente para discutir, con irritación sorda y pesimismo acerbo, sobre todo lo humano y lo divino, desarrollando teorías de cerrada intransigencia. Su modo de pensar era entre inquisitorial y jacobino, mezcla más frecuente de lo que se pudiera suponer, aquí donde los extremos no sólo se han tocado, sino que han solido fusionarse en extraña amalgama. Han sido generalmente prendas raras entre nosotros la flexibilidad y delicadeza de espíritu, engendradoras de la amable tolerancia, y nuestro recio y chirriante disputar en cafés, círculos, reuniones, plazuelas y tabernas lo demostraría, si otros signos del orden histórico no bastasen.
El enfermo a que me refiero no dejaba cosa a vida. Rara era la persona a quien no juzgaba durísimamente. Los tiempos eran fatídicos y la relajación de las costumbres horripilantes. En los hogares reinaba la anarquía, porque, perdido el principio de autoridad, la mujer ya no sabe ser esposa, ni el hombre ejerce sus prerrogativas de marido y padre. Las ideas modernas disolvían, y la aristocracia, por su parte, contribuía al escándalo. Hasta que se zurciesen muchos calcetines no cabía salvación. La blandenguería de los varones explicaba el descoco y garrulería de las hembras, las cuales tenían puesto en olvido que ellas nacieron para cumplir deberes, amamantar a sus hijos y espumar el puchero. Habiendo yo notado que al hallarme presente arreciaba en sus predicaciones el buen señor, adopté el sistema de darle la razón para que no se exaltase demasiado.
No sé qué me llamaba más la atención, si la intemperancia de la eterna acometividad verbal del marido, o la sonrisilla silenciosa y enigmática de la consorte. Ya he dicho que era ésta de rostro agraciado, pequeño de estatura, delgada, de negrísimos ojos, y su cuerpo revelaba esa contextura acerada y menuda que promete longevidad y hace las viejecitas secas y sanas como pasas azucarosas. Generalmente, su presencia, una ojeada suya, cortaban en firme las diatribas y catilinarias del marido. No era necesario que murmurase:
-No te sofoques, Nicolás; ya sabes que lo ha dicho el médico...
Generalmente, antes de llegar a este extremo, el enfermo se levantaba y, renqueando, apoyado en el brazo de su mitad, se retiraba o daba un paseíto bajo los plátanos de soberbia vegetación.
Había olvidado completamente al matrimonio -como se olvidan estas figuras de cinematógrafo, simpáticas o repulsivas, que desfilan durante una quincena balnearia-, cuando leí en una cuarta plana de periódico la papeleta: «El excelentísimo señor don Nicolás Abréu y Lallana, jefe superior de Administración... Su desconsolada viuda, la excelentísima señora doña Clotilde Pedregales...». La casualidad me hizo encontrar en la calle, dos días después, al médico director de Aguasacras, hombre muy observador y discreto, que venía a Madrid a asuntos de su profesión, y recordamos, entre otros desaparecidos, al mal engestado señor de las opiniones rajantes.
-¡Ah, el señor Abréu! ¡El de los pantalones! -contestó, riendo, el doctor.
-¿El de los pantalones? -interrogué con curiosidad.
-Pero ¿no lo sabe usted? Me extraña, porque en los balnearios no hay nada secreto, y esto no sólo se supo, sino que se comentó sabrosamente... ¡Vaya! Verdad que usted se marchó unos días antes que los Abréu, y la gente dio en reírse al final, cuando todos se enteraron... ¿Dirá usted que cómo se pueden averiguar cosas que suceden a puerta cerrada? Es para asombrarse: se creería que hay duendes...
En este caso especial, lo que ocurrió en el balneario mismo debieron de fisgarlo las camareras, que no son malas espías, o los vecinos al través del tabique, o... En fin, brujerías de la realidad. Los antecedentes parece que se conocieron porque allá de recién casado, Abréu, que debía de ser el más solemne majadero, anduvo jactándose de ello como de una agudeza y un rasgo de carácter, que convendría que imitasen todos los varones para cimentar sólidamente los fueros del cabeza de familia.
Y fíjese usted: los dos episodios se completan. Es el caso que Abréu, como todos los que a los cuarenta años se vuelven severos moralistas, tuvo una juventud divertida y agitada. Alifafes y dolamas le llamaron al orden, y entonces acordó casarse, como el que acuerda mudarse a un piso más sano. Encontró a aquella muchacha, Clotildita, que era mona, bien educada y sin posición ninguna, y los padres se la dieron gustosos, porque Abréu, provisto de buenas aldabas, siempre tuvo colocaciones excelentes. Se casaron, y la mañana siguiente a la boda, al despertar la novia, en el asombro del cambio de su destino, oyó que el novio, entre imperioso y sonriente, mandaba:
-Clotilde mía..., levántate.
Hízolo así la muchacha, sin darse cuenta del porqué; y al punto el esposo, con mayor imperio, ordenó:
-¡Ahora..., ponte mis pantalones!
Atónita, sin creer lo que oía, la niña optó por sonreír a su vez, imaginando que se trataba de una broma de luna de miel..., broma algo chocante, algo inconveniente...; pero ¿quién sabe? ¿Sería moda entre novios?...
-¿Has oído? -repitió él-. ¡Ponte mis pantalones! ¡Ahora mismo, hija mía!
Confusa, avergonzada, y ya con más ganas de llorar que de reír, Clotilde obedeció lo mejor que pudo. ¡Obedecer es ley!
-Siéntate ahora ahí -dispuso nuevamente el marido, solemne y grave de pronto, señalando a una butaca. Y así que la empantalonada niña se dejó caer en ella, el esposo pronunció-: He querido que te pongas los pantalones en este momento señalado para que sepas, querida Clotilde, que en toda tu vida volverás a ponértelos. Que los he de llevar yo, Dios mediante, a cada hora y cada día, todo el tiempo que dure nuestra unión, y ojalá sea muchos años, en santa paz, amén. Ya lo sabes. Puedes quitártelos.
¿Qué pensó Clotilde de la advertencia? A nadie lo dijo; guardó ese silencio absoluto, impenetrable, en que se envuelven tantas derrotas del ideal, del humilde ideal femenino, honrado, juvenil, que pide amor y no servidumbre... Vivió sumisa y callada, y si no se le pudo aplicar la divisa de la matrona romana, «Guardó el hogar e hiló lana asiduamente», fue porque hoy las fábricas de género de punto han dado al traste con la rueca y el huevo de zurcir.
Pero Abréu, a pesar de la higiene conyugal, tenía el plomo en el ala. Los restos y reliquias de su mal vivir pasados remanecieron en achaques crónicos, y la primera vez que se consultó conmigo en Aguasacras, vi que no tenía remedio; que sólo cabía paliar lo que no curaría sino en la fuente de Juvencia... ¡Ignoramos dónde mana!
Su mujer le cuidaba con verdadera abnegación. Le cuidaba: eso lo sabemos todos. Se desvivía por él, y en vez de divertirse -al cabo era joven aún-, no pensaba sino en la poción y el medicamento. Pero todas las mañanas, al dejar las ociosas plumas el esposo, una vocecita dulce y aflautada le daba una orden terminante, aunque sonase a gorjeo:
-¡Ponte mis enaguas, querido Nicolás! ¡Ponte aprisa mis enaguas!
Infaliblemente, la cara del enfermo se descomponía; sordos reniegos asomaban a sus labios..., y la orden se repetía siempre en voz de pájaro, y el hombre bajaba la cabeza, atándose torpemente al talle las cintas de las faldas guarnecidas de encajes. Y entonces añadía la tierna esposa, con acento no menos musical y fino:
-Para que sepas que las llevas ya toda tu vida, mientras yo sea tu enfermerita, ¿entiendes?
Y aún permanecía Abréu un buen rato en vestimenta interior femenina, jurando entre dientes, no se sabe si de rabia o porque el reúma apretaba de más, mientras Clotilde, dando vueltas por la habitación, preparaba lo necesario para las curas prolijas y dolorosas, las fricciones útiles y los enfranelamientos precavidos.

miércoles, 1 de mayo de 2013

domingo, 28 de abril de 2013

REQUIEM POR UN SUEÑO


Suena el teléfono en un sórdido apartamento de Brighton Beach, Brooklyn. Al otro lado del hilo, una voz apagada consume la llamada a la que tienen derecho los detenidos. 
Le pregunta cómo está, le dice que la quiere:
-¿Vas a volver?
- Sí... claro que volveré...
-¿Vas... a volver... hoy?
El silencio viaja a miles de kilómetros, a la velocidad de la luz, a la velocidad de la sangre, a la velocidad del ácido que corroe el cerebro.
Ella le responde con una lágrima que se diluye en su mejilla demacrada.
Fundido en negro.

Hay algo peor que la muerte. Hubert Selby Jr, lo relata en una novela y Darren Aronosfky filma una sinfonía trepidante y angustiosa. 
De la primavera de los sueños al  mutilado invierno de la realidad.

miércoles, 3 de abril de 2013

MIQUIÑO MÍO


Es posible que abril deje de ser el mes más cruel por un tiempo. Llega con más lluvias y un frío en el que cuesta imaginar la primavera, pero también llega un sueño que huele a papel recién estrenado. El sueño tiene un nombre: Miquiño mío. Cartas a Galdós y lo firma Emilia Pardo Bazán. La editorial Turner le ha dado cuerpo con mimo y entusiasmo haciéndolo realidad.
A lo largo de más de tres décadas, doña Emilia y Galdós intercambiaron una abundante correspondencia, llena de admiración y respeto en sus inicios, de intensa pasión amorosa durante unos años y de incondicional amistad hasta el final de sus días. Juan Manuel Hernández y yo hemos reunido y ordenado 93 cartas que dan testimonio de la personalidad y el genio de una de las escritoras más prolíficas y brillantes de nuestra literatura. Testimonio del transcurso inevitable de la existencia, "tembloroso recuerdo de un tiempo que se fue"... 
El resto es literatura.

lunes, 1 de abril de 2013