miércoles, 10 de febrero de 2010

ALEMANIA

¿Había luz o fue la ausencia de luz lo que llamó mi atención?
El cielo era una plancha gris sin ningún tipo de resquicio, inexpresiva, vacía. Resultaba imposible saber, con sólo mirar a la calle, si era por la mañana o por la tarde. Ningún matiz, ninguna pista.



El paisaje nevado, extraño y hermoso, acabó por despertar en mí una vaga e imprecisa desazón. La nieve esponjosa y dulce crecía cada noche en las aceras y los campos, con una perseverancia monótona y esa quietud blanca, lejos de apaciguar mi ánimo, acabó por ahogarme en su pureza, por igualar todos los lugares ante mis ojos y anestesiar los sentidos. Lugares de los que emergían tejados picudos, fachadas con travesaños de madera, frases de la biblia decorando los dinteles, desnudas ventanas luteranas, pétreos castillos ducales dignos del mismísimo conde Drácula. 



Las calles, desiertas a cualquier hora del día. Algunas veces, al aventurarme entre la ventisca, tuve la sensación de estar paseando por el decorado de un cuento de los hermanos Grimm, pero justo en el día de descanso de los personajes.

El pequeño pueblo de Laubach fue el primer destinatario de mis pasos en esta alta y encomiable misión europea que sufragó con generosidad papá Comenius. 
Lo bueno y lo malo de Laubach seguramente sea lo mismo: nunca hubiese venido por voluntad propia. Aunque diré en su descargo que también contaba con un restaurante griego, otro turco y un pub (El Búho), las únicas islas que podías encontrar abiertas después de las ocho de la tarde. Lugar este último, oscuro y acogedor, donde naufragar en esas inmensas jarras de cerveza saboreando una salchicha con sauerkraut  (chucrut).
Los alemanes, educados y correctos, inclinaban su cabeza cada mañana mientras limpiaban a paladas la nieve de sus puertas o sonreían con beatitud ante el desconcierto del extranjero frente a la impenetrabilidad de su idioma. Tres días de trabajo, entre glaciales caminos y un encantador hotelito que me acogía cada noche con la calidez de su floreado edredón y el olor a bollos recién hechos


Tres días que dejé atrás camino de la República Checa después de una incierta noche de temporal. Aunque esa será otra historia y la contaré en el siguiente post. 


6 comentarios:

Mad Hatter dijo...

Qué bonito, Lula. Cómo se nota que no eres chico, porque la palabra cerveza sólo aparece una vez y ninguna walkiria, je, je.
Oye que ahí veo demasiada nieve ¿Seguro que no era el barrio germanófilo de Moscú?
Besín con morrito de grosella centroeuropea.

El futuro bloguero dijo...

Iba a decir que si era Washington, por la tremenda nevada...

Bueno, ya nos contarás ese "accidentado" viaje durante el temporal...

Besitos.

Palabra de verificación WRINTER, parece una mezcla de Writer y de Winter... (escritor - invierno) qué curioso

David dijo...

Qué bonito post. Transmites sensaciones, desde luego. Y las fotos son muy majas. Un saludo.

Licantropunk dijo...

Esa nieve, taaan fotogénica. Y tan gran putada cuando vas conduciendo.
De todas formas: gran envidia mía.
Saludos.

Sir John More dijo...

A algunas que se quejan tanto les debían prohibir salir del país... Várgame la paya, con lo bonito que es to eso... Una cerveza y ningún Glühwein... Vamos, que por mí no salía más de Citroën-sur-mer...

Lula Fortune dijo...

MAD: ¿te gusta el modelo walkiria?...vaya por dios...es peor de lo que imaginaba. Besitos ;)

FB: a ver si tengo un minuto para acabar de contarlo, sí...Besos.

DAVID: gracias. Un besazo.

LICANTROPUNK: la verdad es que la nieve en una gran putada para casi todo menos para las fotos.

SIR: sí, es tan guay que por eso se llena España, Italia, Grecia, Portugal... de alemanes. Allí no hay quién viva, por más que tú lo digas.
Una colleja.