viernes, 5 de octubre de 2012

TÍO MIGUEL


Se ha muerto mi tío Miguel. Durante mi infancia no tuve demasiado trato con él. Recuerdo algunas cartas manuscritas en Navidad, fotos en blanco y negro de unos primos que no llegué a conocer hasta hace bien poco y referencias vagas de sus andanzas por la península, de ciudad en ciudad, de obra en obra.
Era un hombre corpulento y bruto hasta en la ternura y el cariño con los que sabía envolverte sin muchas contemplaciones. Simpático y malhablado como dicen que era su padre, al que apenas conoció.     Hoy hubiese cumplido 85 años, por poco lo consigue. Desde que murió su mujer, la dulce Matilde, que soportaba con una sonrisa la retahíla de santos del cielo que bajaban en todos sus juramentos, la vida no fue lo mismo para él. Algo tiraba de su cuerpo hacia la tierra con una mansa terquedad.
La historia de mi tío, como la de mi padre o la de mi abuelo, no es una historia especial, es simplemente la historia de unos años de guerra, miseria y soledad.
El abuelo Celestino llegó desde Espinardo, como tantos otros campesinos hambrientos, a buscar fortuna en la Barcelona de principios de siglo. Allí se casó, alquiló una casa pequeña, de planta baja y patio trasero donde ahogar la nostalgia del campo entre pitillo y pitillo. La casa se llenó pronto de niños que correteaban por las Corts entre solares y huertas. Su último trabajo fue en una metalúrgica: la Maquinista General, dedicada a fabricar armas y municiones para el gobierno de la República, en plena guerra civil. Murió en un bombardeo. La abuela Isabel, desapareció silenciosamente a los poco meses devorada por  la tuberculosis. El pequeño Miguel fue el único que la había visto escupir sangre algunos días antes.
Reconstruyo con trazo grueso la pintura del pasado que me llegó un día de boca de mi tío. Odiaba a las hermanas del orfanato que les habían rapado el pelo a él y mi padre, odiaba la voz macilenta con la que cerraban la puerta llamándoles "hijos de rojos". Pero se reía, se reía contando la felicidad con la que saltaban al patio donde las monjas tiraban la basura para darse un festín de mondas de plátano. Se reía al contar cómo todos los lunes, la avenida del carrilet se llenaba de niños esperando recoger piedras de carbón que algún maquinista de la CNT, compañero de su padre, tiraba a las vías. Soltaba sus exabruptos con mirada maliciosa relatando cómo mi padre se metía en su cama cuando tenía frío y cómo él lo dejaba, aunque amaneciese empapado de las meadas de aquel pequeñajo. Y mi padre sonreía también al oírle contar por milésima vez la misma historia. Después, se quedaban los dos en silencio, pensando en el tibio calor de familia que los envolvió a pesar de todo, aunque sólo fuese un instante.
Ayer un sol otoñal calentaba las avenidas del cementerio. Era un día luminoso y abierto, de lo más inapropiado para el dolor o el llanto. Cuando los operarios acabaron de colocar la lápida cerrando el nicho, sentí que hubiese necesitado un poco más de tiempo. Sólo un poco, para oírle contar una vez más sus historias entre mecagoendiós y dame un abrazo nenica. 
Seguro que hay un cielo para los hijos de los rojos, lleno de los pañitos de ganchillo de la dulce Matilde y mi tío estará de puta madre, por fin.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Preciosa semblanza, Luliña. La memoria histórica tiene que ver con restituir lo usurpado de forma personal: la vida que hubo que inventar a pesar de los pesares, la hacienda robada, las oportunidades cercenadas por ser lo que eran. No es una revancha: es el recuerdo de la derrota vencida, presentada como un triunfo de la risa y de la voluntad humanas. Gracias por este recuerdo.

koolauleproso dijo...

Con retraso, mi más sentido pésame, Lula. Esta fantástica semblanza de tu tío Miguel bien podía ser la de mi abuelo Serafín, la de mi tío Máximo, la de mi tío Elías y la de tantos y tantos perdedores de nuestra infausta Historia.
un abrazo, Luliña

Lula Fortune dijo...

Gracias, KOOLAU y ANÓNIMO... la derrota como triunfo, la infausta historia de España...sí...Al menos podrán decir que han vivido. Un abrazo.

green oseiriano dijo...

Hai pouco faleceu tamén a derradeira irmá da miña nai.Xa non son sobriño de ninguén.A tía Elena estará sempre asociada as periodicas estancias do verán na infancia e adolescencia,na aldea.Podería encher un libro con elas.Era una muller botada para adiante e con moito xenio.Saúde.