lunes, 23 de marzo de 2009

CEGUERA


Durante todo este tiempo he seguido recibiendo cartas del viejo profesor Tanner.
En ellas ha seguido hablándome de su trabajo, con la melancolía y el cansancio que viene siendo habitual en él. Dice sentirse sin ganas y sin esperanza, pero estoy segura de que se esfuerza por llegar a todos esos chicos de los que me habla.
Sin embargo, en su última carta, he notado una angustia nueva que paso a compartir:

De todos mis alumnos, podría decir sin dudarlo que Gabino es el mejor. Lo conozco desde hace tres años, cuando llegó al instituto con sus gafitas y su pelo enmarañado. Era despistado, desordenado, tenía mala letra y una mochila rota y recosida. Pero Gabino hablaba con corrección, era educado y escribía con una madurez extraña para su edad. Tenía la cara salpicada de pecas, unos ojos verdes que se abrían desmesurados cuando hablabas con él y una sonrisa pícara que lo hacía irresistible. Gabino fue pasando cursos sin problemas y confieso que alguna vez hasta lo traté con dureza por su desaliño y su despiste, pero mi atención se centraba en aquellos pobres desheredados de sus compañeros.
Este año vuelve a estar en mi curso. Ha crecido, su cuerpo se está modelando hacia una complexión fuerte y atlética, pero su mirada ha cambiado. Ya no sonrie y apenas puedo sacarle una palabra. Sigue siendo un estudiante brillante y escucha las explicaciones con desusado interés, pero ya no es el mismo. Hace una semana apareció en clase con el pelo rapado. Su cara, de pronto, adquirió una dureza extraña, inquietante.

Ayer se peleó a la entrada del instituto y me lo encontré en el despacho del director, con el gesto todavía iracundo, pero aparentamente tranquilo. Al principio apenas contestaba a mis preguntas con movimientos de cabeza, pero ante mi insistencia, fueron los ojos de aquel niño al que yo conocía los que me miraron por un instante. Y como una cascada, brotaron las palabras haciéndome callar.
Fue desgranando, una a una, todas las humillaciones a las que lo sometieron sus compañeros por ser diferente. Primero bromas inofensivas, motes desafortunados, insultos, que llegaron a convertirse en golpes. Las cosas en casa tampoco le habían ido muy bien. Sus padres se separaron convirtiéndolo en el blanco de las disputas. Y así fue trufando su relato de palabras como "banda" "venganza" "respeto"...
Cuando acabó tenía los ojos enchidos de lágrimas y ahora que te escribo, apenas puedo contener las mías, querida Lula. ¿Cómo pudo suceder? ¿Cómo pude no darme cuenta?
Me aferré como un náufrago a aquella mirada recuperada y hablé y hablé durante casi una hora.
Le hablé de sí mismo, de todo lo que significaba para mí, de su inteligencia, de su fuerza interior, de su pelo enmarañado, de su sonrisa, de sus libros favoritos, de la injusticia, de la vida, del paso del tiempo, de venganzas inútiles, de caminos equivocados...
Hubiera querido que mis palabras fueran contundentes como los golpes con los que se está fraguando su madurez, pero no fue así, eran sólo palabras.
Lo dejé ir sin arrancarle una promesa, sin imponerle un castigo.

Lo dejé ir, solo, una vez más.

7 comentarios:

nancicomansi dijo...

A veces las "personas" se nos escapan de las manos...
Puede ser inevitable, que no justificable, en según que casos, pero en un hijo lo encuentro bastante imperdonable...
pero es que es un alumno, sólo uno entre muchos, aunque se perfile como preferido o casi...uno se despista, atiende otras promesas, gira la cabeza y...¡ZAS!

Besos!

Mad Hatter dijo...

Aunque se hubiera dado cuenta antes y hubiese tratado de ayudarle, es probable que el resultado hubiese sido el mismo, un profesor, por muy bueno que sea, sólo puede influir en una pequeña parte de la vida de un alumno.
En esta vida la diferencia no se perdona y suelen hacerla pagar cara. Y la sensibilidad muchas veces es vista como una debilidad o un defecto, casi nunca como una virtud ¡Aiiiigggsh, qué vida esta!
Impresionante entrada, Lula.

eva al desnudo dijo...

Duele leer historias como esta, el hermetismo de las víctimas aterradas en silecio y la venganza con el mundo que dura años y a veces toda la vida.
No soy quien para decir donde acaba la tarea del profesor y empieza la de los padres, quizás deba existir un trabajo en equipo y cierta complicidad pero por lo que veo en mis sobrinos es que en ciertas edades es casi imposible, entonces ¿cómo castigar el silencio?


Da para reflexionar...

carrascus dijo...

Si es que está visto... en cuanto los chavalitos descubren el rock'n'roll se transforman...

Sigrid dijo...

Ay, la tiranía de los mediocres...ay de los mirlos blancos con alas rotas que se convierten en Power Rangers de recreo...

El Secretario dijo...

Hola Lula.

Tengo uno
y no quiero que se me escape.
Tengo uno
y hace un rato recibí una llamada
del insti porque...
Tengo uno
y se reía siempre, a carcajadas,
cuando era (más) pequeño.
Tengo uno
y me resisto a perderlo.
Tengo uno,
pero ha de aprender a volar.

Sólo puedo contemplar su vuelo y estar con los brazos preparados, para recogerlo, por si cae (como todos...)

Abrazo ciego.

El futuro bloguero dijo...

En Cobardes se trataba el tema, desde varias posturas... y desde todas es terrible.

Yo tan orgulloso con mi hijo, y de mi hijo, siempre temo que pueda sufrir algunas cosas que le puedan cambiar.

Sigue siendo pequeño, como dice el Secre, antes era (más) pequeño.