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lunes, 3 de junio de 2013

PASSIONE


Sobre todo es eso... pasión por una ciudad inclasificable, pasión por la música. Quizás no se pueda entender este docu-musical de John Turturro sin haber paseado la mirada por cualquier devastado callejón napolitano, por el abigarrado paisaje humano de Spaccanapoli, esa navajada urbanística por la que rezuma la vida en todo su esplendor y contradicción. Mediterráneo hasta la médula, ciudad portuaria, quintaesencia de la historia que nos sitúa en el tiempo... Nápoles y la música tejiendo una tela de araña excéntrica a nuestro alrededor. Un espectáculo bizarro e irrepetible que nos iguala más allá de cualquier diferencia. Hay que dejarse llevar.

lunes, 26 de abril de 2010

NADIE SABE NADA

Nadie sabe nada de gatos persas (2009) es una película del director Bahman Ghobadi, premio especial del jurado en Cannes en la sección Un certain regard.
Cuenta la historia de dos jóvenes músicos, Ahskan y Negar, sus intentos por recomponer un grupo de rock indie mientras tramitan sus pasaportes falsos para dejar un país en el que toda actividad musical que suene a occidental está severamente perseguida.

El peregrinaje de la pareja protagonista por Teherán en busca de músicos sirve de hilo conductor para adentrarnos en ese mundo underground. Y nunca mejor dicho: estudios clandestinos, locales subterráneos para ensayos, sótanos infames o establos donde la juventud iraní persiste en su voluntad de hacer la música que quiere, a riesgo de ser detenidos por la policía islámica o ser delatados por los vecinos.

No es, cinematográficamente hablando, una gran película. Su estructura es repetitiva (sótano-grupo-canción), las imágenes tampoco ofrecen gran cosa -desenfocadas en muchas ocasiones, poco planificadas- e incluso diría lo mismo de muchos diálogos, fruto de la improvisación y de una falta de revisión.
Pero es innegable el interés musical que subyace en ese muestrario de estilos que se despliega ante el espectador: heavie, pop, rock, indie, rap... algo que nos hace pensar en que, efectivamente, no sabemos nada de gatos persas. Por lo menos yo.
Y en todas esas canciones el mismo denominador común: letras sin esperanza en una ciudad oscura. No way out.

Yo diría que el interés de esta cinta, más allá de la música, radica en su propio testimonio, en la urgencia con que parece rodada, más cercana al documental que a otra cosa. Más deseosa de decir al mundo lo que sucede tras las puertas de un país que cercena las libertades a cal y canto. Y no sólamente las musicales.
Hay una escena muy significativa en casa de un viejo loco que fabrica pasaportes falsos y adora las películas de Nicholas Cage. Allí coinciden los protagonistas con otra pareja y se entabla una curiosa conversación entre las dos mujeres. Cuando Negar le pregunta por qué quieren irse, la mujer le responde: "necesitamos aire fresco, vivir sin miedo, marcharnos a cualquier lugar, las catarátas del Niágara, Londres, Australia, nos da igual. Nos quedaremos donde seamos más felices".


No hay ninguna identidad nacional, ninguna ley, ninguna religión, que iguale más al ser humano que esa íntima necesidad.

lunes, 22 de febrero de 2010

I'M NOT THERE

¿Cuántos Dylan son posibles? ¿Cuántas personas habremos sido a lo largo de nuestra vida sin dejar de ser nosotros mismos? CLIC 

Todd Haynes, el director de Im not There, ha sabido no sólo dar respuesta artística a estas preguntas sino hacerlo de un modo brillante que emociona más allá del contenido de la cinta.
Porque al final, la película es más, mucho más que un biopic al uso, es la historia de América en los últimos decenios, la historia que la música tradicional, la historia de la cultura que, nos guste o no, hemos mamado desde la cuna, la historia de una vida llena de preguntas, contradicciones, caos y respuestas no siempre acertadas.
Y la forma de acercarse a ese caos ha sido, a mi parecer, la única posible, haciendo una absoluta e incuestionable Obra de Arte. Porque no sé de qué otra manera se puede considerar lo que el director ha hecho tanto narrativa como visualmente.
La historia prescinde de la linealidad, diría más, el tiempo en el que nos mueve es un continuo movido por el pulso de lo que se quiere contar en cada momento, no por la tiranía del transcurrir cronológico. Prescinde incluso de la unidad personal, desdoblando o sumando personajes, en uno de los enfoques más acertados de los últimos tiempos a la hora de plasmar la complejidad del ser humano. Prescinde de la lógica que le impediría meter a Woody Guthrie en el cuerpo de un niño negro, a Arthur Rimbaud en el alma poética de Dylan o encontrarse a Billy el niño como superviviente de Pat Garret (No creas todo lo que dicen los periódicos). Prescinde, en fin, de la unidad cromática al servicio de la necesidad expresiva del momento. Y prescindir de tantas cosas es, a mi entender, la única forma de ser libre, rabiosamente libre para decir lo que uno quiere y cómo quiere decirlo.


Cada una de las historias, de los personajes que se cruzan ante nuestros ojos en las más de dos horas de gozoso metraje, representan un aspecto de la vida de Dylan, un momento mental, una edad, una reflexión sobre el mundo o la música. 
El pequeño fugitivo de 11 años (Marcus C. Franklin), un niño negro que dice llamarse Woody y que habla con inusual madurez. Un joven poeta (Ben Whishaw) que fuma compulsivamente disparando hacia la cámara su mirada y sus versos. Un actor mujeriego e inconstante (Heath Ledger) incapaz de mantener el amor de su vida. Un ídolo de la canción protesta (Christian Bale) que deberá soportar el desprecio de sus fans cuando decida buscar su camino en la religión. Una estrella del rock (¡fantástica Cate Blanchett!) impertinente y más que de vuelta de todo, perdida en el mundo que se ha ido levantando a su alrededor. Y finalmente Bill (Richard Gere), un famoso fugitivo de la justicia envejeciendo con la misma incertidumbre sobre la vida que lo trajo hasta el perdido pueblo de Acertijo. Ayer, hoy y mañana viajando juntos en el mismo vagón de tren.

Si añadimos a todo esto el pequeño detalle de las canciones de Bob Dylan recorriendo la espina vertebral del relato, comprenderéis que el resultado no sólo será contundente e inigualable sino obscenamente placentero.

   

miércoles, 13 de enero de 2010

THE BAND WAGON

Posiblemente Melodías de Broadway (1955), título por el que se tradujo esta película y que dio lugar a no pocas confusiones, sea uno de los  musicales más brillantes de la historia del cine. Algunos expertos incluso lo colocan por delante de Singing in the rain, opinión que no comparto en absoluto, como ya sabéis. 
Tanto uno como otro presentan un esquema clásico en el que el espectador asiste a las dificultades y entresijos del  montaje de un espectáculo musical, con alguna que otra intriga amorosa de por medio, culminando con el éxito indiscutible. Si el mundo del cine era el ambiente presentado en Cantando bajo la lluvia, el montaje de una obra teatral de Broadway lo será de The Band Wagon, que constituye, eso sí, el último gran clásico que reproduce este esquema argumental.
En él veremos a un bailarín en declive (Fred Astaire, en un papel no muy alejado de la realidad) que se traslada a New York en busca de un hueco en las producciones teatrales, amparado por dos amigos, escritores de éxito. En la primera escena, subastan un sombrero de copa y un bastón, que nadie quiere, en clara alusión a Flyng down to Rio y al pasado glorioso de Fred. Para la obra contarán con la presencia de una reputada bailarina de ballet clásico (Cyd Charisse, también muy cercana a sus orígenes reales) y con un polifacético empresario teatral, empeñado en darle un giro trágico al libreto original. La obra, que no gusta demasiado a los bailarines, fracasa estrepitosamente y en un intento desesperado por salvarla, inician una gira por el país, reconvirtiendo todos los números hasta llegar al triunfo absoluto y apoteósico en New York.
Es cierto que los musicales requieren de una especial complicidad del público al aceptar determinadas convenciones, como que arranquen a bailar o cantar en medio de una conversación. Convenciones no mayores que las que aceptamos al tragarnos cualquier saga interestelar o vampírica o convenciones que aceptamos sin rechistar en el teatro clásico. Lo verdaderamente interesante de estas películas es entender los números musicales como parte de la narración, en la que se sustituye el código de la palabra hablada por música o danza.

En Dancing in the dark , uno de los famosísimos números (el favorito de Cyd en toda su carrera) vemos a los dos protagonistas, que hasta hora se llevaban como el perro y el gato, en una especie de tregua. Pasean por el parque, atraviesan un baile y poco a poco vemos como ambos bajan la guardia en favor de algo que los une y que está por encima de sus diferencias, la danza: tímidos pasos independientes de cada bailarín, pasos acompasados pero sin tocarse, leves roces encadenados y compenetración absoluta mientras el maravilloso vestido blanco de ella los envuelve como en una nube. Magia pura. Y el que no levite viendo esto, es que no tiene corazón: CLIC

Otro de los números que hicieron famoso este film es Triplets, una de las interpretaciones musicales más complejas y memorables de la historia. Los actores cantan y bailan de rodillas, simulando ser bebés y ¡manteniendo casi un plano fijo! :

The Girl Hunt es un número brillante, con un baile rompedor que se arriesga e innova los esquemas coreográficos del momento, además de contar con la aparición estelar de una mujer más espectacular que conozco. A quién no le gustaría emerger del fondo de un tugurio, como Cyd Charisse, enfundada en un insípido abrigo gris para de pronto... CLIC

En fin, una auténtica gozada de principio a fin. Si a pesar de todo sigo teniendo a este musical en el número dos de mi lista personal, no es por la calidad de sus números, ni por el más que probado virtuosismo de sus bailarines, ni por las excepcionales partituras de Arthur Schwartz y Howart Dietz, ni por la magistral producción del ya mítico Arthur Freed, sino por una cuestión absolutamente personal: Fred Astaire me parece una lombriz. Un lechuguino relamido del que resulta casi imposible creerse que pueda enamorar a una real hembra como Cyd Charisse. 
Aunque si un hombre puede llevarte al cielo en volandas como hace él con sus bailes, supongo que poco importa el aspecto que tenga. That's entertainment CLIC

lunes, 19 de octubre de 2009

LA SONRISA DE GENE

Posiblemente esta película, vista en la lejana infancia, tenga la culpa de mi afición a los musicales, pero siempre que vuelvo a verla descubro que fue mucho, muchísimo más que eso.
Cantando bajo la lluvia es un musical brillante, una obra cumbre del arte cinematográfico, una exposición de las posibilidades del lenguaje cinematográfico -del musical más concretamente- una reflexión sobre el hecho artístico, sobre los frágiles límites entre lo real y lo ilusorio como forma máxima de creación. 
Pero por encima de todo, es CINE en estado puro. Una obra maestra precisa como un artefacto de relojería, donde melodías, bailes, interpretación, fotografía y ritmo narrativo alcanzan la perfección de forma gozosa.

El hecho de que los personajes de la pantalla se pusiesen a hablar, sirvió no sólo para que el cine alcanzase la madurez técnica -a la vez que se sacrificaba el star system del cine mudo- si no también para alumbrar un nuevo género: El cantor de jazz de Alan Crossland (1927) se considera la primera película sonora de la historia. La implantación de las talkies/ películas habladas, es transcendental porque abre inusitadas posibilidades artísticas, a pesar de que eso lleve aparejada la desaparición de muchos intérpretes o realizadores que fueron incapaces de adaptarse al nuevo sistema.
Todo este momento histórico es el que aparece reflejado en Cantando bajo la lluvia (1952) y la trama de la película recoge un sinfín de anécdotas reales de los años 20: la contratación de profesores de dicción, los accidentados rodajes donde un carraspeo arruinaba la toma, los frustrados preestrenos. El film se convierte en un gran homenaje a Hollywood ya que trajes, coches, decorados, pertenecían a títulos emblemáticos de la época fácilmente reconocibles.
Por otro lado, la película supone también una graciosa sátira del mundo hollywoodiense. Muchos de los personajes presentaban un "sospechoso" parecido con personas reales de la época: Lina Lamont (interpretada por Jean Hagen) es la actriz Judy Holliday; el jefe de los estudios es una representación del mismísimo Arthur Fred, productor del film y el personaje de Doura Bailey, la periodista viperina, es un trasunto de Louella Parsons, columnista de los periódicos de Hearst. 

Y el hecho de ser un musical, donde se supone que todo es felicidad y alegría, no impidió que los directores, Donen y Kelly, mostrasen algo de lo que sucedía a su alrededor. En el equipo del musical participaron varios guionistas -el mismo Kelly- que estuvieron en la marcha de cineastas a Washington como protesta por la caza de brujas del senador Mc Carthy. En la escena final, Lina mueve la boca mientra Kathy canta detrás del telón de la misma forma que se contrataban guionistas de las listas negras para que pudiesen trabajar, sin que su nombre saliese en los títulos de crédito.
(Curiosidades del cine: en realidad, debieron doblar a Debbie Reynolds porque su voz no era todo lo prodigiosa que merecía el personaje de Kathy)

El argumento nos presenta a una pareja de éxito, Don Lockwood y Lina Lamont, dos estrellas del cine mudo que no se soportan detrás de la pantalla. En la fiesta posterior a un estreno (es genial la ironía con que se presenta la narración que Lockwood/Kelly  hace de sus inicios) aparece Kathy Selden/ Debbie Reynolds, una humilde chica de coro de la que Loockwood se enamorará sin remedio. Paralelamente se produce el terremoto de la llegada del sonido y los productores deciden que hay que reconvertir la nueva película para adaptarse a los tiempos. Sin embargo, se encontrarán con un serio problema, Lina Lamont tiene una horrible voz de pito.
La película cuenta con números musicales de grandísima calidad, arriesgados, de factura impecable y espectacular puesta en escena. Pero además, los productores y compositores creyeron que estos números tenían que avanzar la acción dramática y no provocar un parón como sucedía en los musicales de los años treinta. Algunos de estos números, merecen sin duda una atención especial:

Make'em laught: Don está preocupado por la huida de Kathy en la fiesta y su amigo Cosmo, canta y enloquece para animarlo. El rodaje de esta escena duró tres días, el juego con la muñeca fue una improvisación y aunque Kelly coreografió algunas partes, muchos gags son imitación de otros cómicos. El hecho de que Athur Fred presentase una melodía calcada a "Be a clown" de Cole Porter, no desmereció en absoluto el resultado final. Después de la toma final, el actor Donald O'Connor tuvo que ser hospitalizado por agotamiento. CLIC

You are meant for me: Don arrastra a Kathy hasta un estudio donde monta un decorado para declararse: una escalera será el balcón, unos focos la luz de la luna y unos ventiladores la suave brisa que los envuelve. La ficción escénica al servicio de la verdad amorosa. CLIC

El baile con Cyd Charisse : La escenografía de este baile fue diseñada por Salvador Dalí y el rodaje de la escena debió posponerse hasta el final ya que se necesitaba el hangar más grande de los estudios, equivalente a dos campos de fútbol. La actriz reconoció la complicación que suponía bailar con decenas de metros de tela que se elevaban movidos por  ventiladores. En realidad se usaron tres motores de avión.   CLIC

Broadway Melody: es el gran número de exhibición y representa el apogeo del género. En él se homenajean a películas y actores emblemáticos de la época (Scarface, los hermanos Marx, Fred Astaire, Minnelli). El recorrido del personaje en este número es ni más ni menos, la historia abreviada del sueño cinematográfico. CLIC


Singing in the rain: ¿quién no conoce este número? No sólo dio nombre al musical sino que se elevó por encima de él para reinar por siempre jamás en el mundo de los mitos. Para rodar la escena se cubrió con una inmensa lona parte del decorado ya que California atravesaba esos días una época de terrible sequía. Se debió añadir leche al agua que rociaba el set para que pudiese apreciarse en la pantalla y Gene Kelly rodó con una fiebre altísima (¿quién lo diría, verdad?) lo que obligó a los técnicos a reforzar el sonido del chapoteo en el estudio porque carecía de fuerza. CLIC


Pero qué importan todas esas anécdotas cuando alguien es capaz de transmitir la imagen de la más plena felicidad. Cuando alguien es capaz de convertir a su paraguas en pareja de baile, guitarra, bastón o espada. Cuando una melodía, un baile, es capaz de arrastrarnos con el corazón palpitante hasta las más vertiginosas cumbres del placer artístico.
Cuando una acaba enamorándose para siempre de la sonrisa de Gene Kelly.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

ACROSS THE UNIVERSE

El joven Jude parte de su Liverpool natal hacia Estados Unidos en busca de su padre. Una vez llegado a New York conocerá a Lucy (¿os van sonando los nombres?) y pronto entrará en su círculo de amistades. Estamos en los años 60, viviendo la efervescencia artística del Greenwich Village, las protestas anti Vietnam, la psicodelia, los profetas cósmicos y una azarosa historia de amor entre los protagonistas.
Across the Univers es una película que no tiene nada de especial en lo que concierne a su historia, cientos de veces llevada a la pantalla con mejor o peor éxito, como melodrama o incluso como musical (imposible no acordarse de Hair). Lo que la convierte en un objeto de curioso interés son las 33 canciones de los Beatles que componenen la banda sonora.
Su directora, Julie Taymor, construyó la historia partiendo de las canciones, de ahí que el resultado final resulte un tanto irregular. Hay  momentos brillantes como éste Strawberry Fields,  bien traído y enlazado con la historia y otros un poco forzados, la verdad, en los que no resistes la tentación de hacer apuestas sobre el título que vendrá a continuación. 

A pesar de todo, Across the Univers resulta un film raro, recomendable sin titubeos, con imágenes sorprendentes y unas melodías que acarician nuestro corazón.
Un pequeño placer para ese beatleriano que todos llevamos dentro. O casi todos.


jueves, 17 de septiembre de 2009

PENNIES FROM HEAVEN

Chicago, años 30. Arthur (Steve Martin) es un vendedor de partituras al que no le van bien los negocios ni la aburrida vida familiar junto a su esposa Joan.  Inconstante, inquieto y soñador, Arthur se encontrará en uno de sus viajes con Eileen (Bernadette Peters), una inocente maestra de pueblo que caerá en las redes de su amor eterno. Pero Arthur es también un hombre egoísta y cobarde que olvidará las promesas de amor a cambio de la subvención de su esposa para abrir un negocio.
Eileen, embarazada, sin trabajo, repudiada por su familia y sola, irá en busca de su amado a través de un país deprimido y miserable.

No parece un argumento demasiado adaptable a los esquemas de un musical, sin embargo es precisamente eso lo que hace de esta película una auténtica joyita del género. Dinero caído del cielo (1981) que fue como se tradujo, es una película de Herbert Ross con un guión que Dennis Potter adaptó del que había hecho anteriormente para una serie de la BBC.


Los personajes que deambulan por un país sin esperanzas distan mucho de ser ejemplares, viven una sórdida existencia en un mundo real, gris y poco complaciente, son mezquinos e incluso brutales. Pero todos ellos sueñan. Sueñan con un mundo en colores, brillante y perfecto como un anuncio, donde todo es posible.
 Y ahí entra el musical y los magníficos números en la estela del más puro clasicismo: la escuela luminosa y fantástica que Eileen imagina, donde se puede cantar y bailar sin miedo (clic), la estupenda parodia del mundo del hampa con la que nos deleita un increíble Christopher Walken (clic) o la archiconocida canción  que da título a la película y nos ofrece unas de las imágenes más sorprendentes y poéticas de la cinta. (clic)


Los evidentísimos homenajes estéticos a Edward Hopper (clic), o al cine musical de los años 30, forman parte de un sinfín de motivos por los que no hay que dejar escapar estos peniques caídos del cielo. 

Todos queremos tener un final feliz, aunque sea en el cine (clic)