
El 212 W de la calle 72, esquina Amsterdam Avenue, está entre dos negocios: un restaurante chino y una tienda de animales.
El dueño del restaurante se llama Danny Chow y es también el dueño del edificio, de un sospechoso local de masajes que hay en el primer piso y del apartamento que nos alquila.
Al lado de la tienda de animales hay un negocio de apuestas. La acera está siempre llena de personajes extraños, semi vagabundos que aparcan su carrito atiborrado de latas vacías, plásticos e indefinibles fardos de tela. Son viejos y desdentados, la mayoría negros, mal vestidos y muchas veces borrachos.
El dueño del restaurante se llama Danny Chow y es también el dueño del edificio, de un sospechoso local de masajes que hay en el primer piso y del apartamento que nos alquila.
Al lado de la tienda de animales hay un negocio de apuestas. La acera está siempre llena de personajes extraños, semi vagabundos que aparcan su carrito atiborrado de latas vacías, plásticos e indefinibles fardos de tela. Son viejos y desdentados, la mayoría negros, mal vestidos y muchas veces borrachos.
Sobre la tienda de animales hay un gimnasio de yoga que no cierra nunca. Desde la acera de enfrente se les puede ver a todas horas, hombres y mujeres sudorosos, imbuídos de una concentración especial y difícil de entender desde el barullo callejero.

Todo el bloque de de apartamentos está escorado hacia la derecha como un viejo barco varado en la arena. Las escaleras se inclinan peligrosamente y debes sujetarte fuerte para subir: por supuesto, no hay ascensor. El nuestro es el número 4 y está en la tercera planta. Tiene ese aspecto baqueteado y algo impersonal de las casas de alquiler y por qué no decirlo, esa mugre que se acumula tras años de limpiezas superficiales o no-limpiezas. A pesar de todo, se aprecia cierta intención decorativa que lo hace agradable.
Una parte muy peculiar del apartamento son los radiadores de la calefacción, cuya puesta en funcionamiento maneja Danny Chow a su antojo, por más que él asegure que lo hace todo el computer. Cuando esto sucede, suele ser a las cinco de la mañana, los aparatos sueltan agua a presión con un zumbido tan penetrante que no te lo quitas de la cabeza en varias horas.

La parte escorada del edificio afecta al metro cuadrado de cocina y al metro cuadrado de baño. El retrete te obliga a permanecer en tensión hacia la izquierda si no quieres acabar deslizándote hacia la bañera, con lo cual apresura y facilita las deposiciones. La cocina se sitúa al final de una rampita que te lanza al fregadero con decisión y alegría. Está todo calculado.
La pequeña terraza a la que se accede desde el dormitorio es lo más parecido a "La ventana indiscreta" que se puede encontar. Da a la parte de atrás de la manzana y todas las noches antes de correr las cortinas -porque no hay persianas- echo un vistazo a los rectángulos iluminados: un trozo de una cocina moderna y grande, un cálido sillón con una chica morena comiendo, la esquina de una cama, una mesa de trabajo con una librería y una enigmática vidriera en la zona alta. Hay escaleras de incendio y enormes tuberías que rugen todo el día delante de fachadas de ladrillo rojo con ese aire industrial y potente que tienen la mayoría de los edificios de la ciudad.



Me encanta este barrio. Es animado y populoso, a todas horas ves gente por las aceras, en las tiendas, gente que vive , que pasea niños, compra en el supermercado o toma café. No es como esas otras zonas, exquisitas y vacías o esas calles impersonales donde te cruzas con mareas humanas de ojos perdidos.



Con el buen tiempo han florecido en las aceras los vendedores de libros usados, guiones de cine y carteles de antiguos musicales.
En la esquina de la calle hay un kiosko atendido por un hindú, un chico joven y sonriente que flota arropado en aromas de sándalo y frambuesa. Resulta agradable pasar por ese remanso perfumado todas las mañanas camino del metro y responderle con otra sonrisa.
Abril 2005
He rescatado mis notas de hace unos años en Nueva York porque he sabido que la manzana entera donde yo vivía ha desaparecido. Arrasada por enormes equipos de demolición ha pasado al limbo de los recuerdos para convertirse en un moderno y elegante edificio. No podré volver nunca, ni siquiera para satisfacer la nostalgia, al decrépito edificio de Danny Chow y eso me ha producido una extraña sensación de irrealidad.
Arrebatado el espacio físico que me unía a la ciudad como un cordón umbilical, miro las fotografías de lugares inexistentes y el sueño de haber sido neoyorkina -habitante de lavanderías, pobladora de supermarket, compradora de periódicos dominicales- durante unos meses, empieza a desaparecer definitivamente.
Arrebatado el espacio físico que me unía a la ciudad como un cordón umbilical, miro las fotografías de lugares inexistentes y el sueño de haber sido neoyorkina -habitante de lavanderías, pobladora de supermarket, compradora de periódicos dominicales- durante unos meses, empieza a desaparecer definitivamente.







