La casa del Gelsomino estaba en el maravilloso y castizo...

Un barrio donde los niños juegan a tirarse el balón de un lado a otro del canal, las señoras van a la compra con sus carritos de doble rueda (para subir y bajar los puentes) y donde puedes ver barcazas de mercancías (maderas, bebidas, plásticos, frutas...) deslizarse por canales desiertos, pequeños ultramarinos, panetterie, tabacaii y todo tipo de pequeños negocios.


Hay ropa colgada en las ventanas abiertas por las que canta Ligabue en RadioVenezia, botellas de agua en las puertas para que no meen los gatos y faldillas en las esquinas para que no meen los guarros.


También en el Cannaregio está el primer ghetto judío de la historia. La propia palabra significaba en dialecto veneciano "el lugar donde fundían hierro", en referencia a la actividad que allí se realizaba antes de que las autoridades del momento decidiesen hacinarlos a todos allí. De hecho, la necesidad de albergar a tanta gente en tan poco espacio hizo que se construyeran las casas más altas de Venecia.


Allí puedes verlos: grupos de judíos ortodoxos, en su mayoría americanos, con su kippa y sus tirabuzones, leyendo imbuidos de un extraño misticismo, comiendo dulces casher amasados por manos judías, bebiendo agua envasada por manos judías. No había mujeres.
Are you jew? te preguntan, extrañados por tu curiosidad. No, les respondes, extrañada por la pregunta. Sonríen y te dejan pasar.
Judío ortodoxo tirado a la bartola y hablando por el móvil.
En este barrio puedes encontrarte también con grandes palazzi y majestuosas iglesias que parecen dormitar en el olvido de las guías turísticas.




Allá en el fondo: campanile della chiesa della Madonna dell'Orto

Yo también salía algunas veces, mirando con envidia hacia los tejados llenos de altane, esa especie de niditos que los venecianos construyen en sus tejados para huir de la canícula.
O me encaminaba por el Fondamenta delle Capuzine en busca del mar. Allí, quedaban algunos parroquianos en las pequeñas trattorias que colocaban sus mesas al lado del canal. Lánguidos, reclinados en las sillas -camiseta de tirantes, pantalón corto y alpargatas- apuraban el vino, ya caliente, con un único pensamiento: esperar que algo de brisa llegase por el canal.
Pero no sucedía nada.
Los dejaba atrás con su buonasera mascullado en dialecto y llegaba hasta el final del Fondamenta donde había visto grupos de ancianas con sus batitas floreadas en los bancos que rodeaban el puente. Ese debía de ser un buen lugar.
Nada. El aire caliente apenas se movía.

Una noche vi a una pareja que se despedía en la semioscuridad. Después de un largo beso ella se encaminó hacia el puente y él saltó por encima de las barcas apostadas en el canal hasta una pequeña nave con dos lenguas de fuego pintadas en la proa. Ella lo saludó desde lo alto del puente y se internó por callejas oscuras hasta que se pudo oír el ruido metálico de las llaves al abrir una puerta. Él salió silencioso del canal. El motor era inaudible, pero al alcanzar mar abierto, encendió una potente radio y aceleró dejando una estela blanca, espumosa y estridente. Por fin algo de brisa.

Cannaregio: mi barrio.































Me voy unos días al pueblo (








