viernes, 5 de septiembre de 2008

CHI ROMPE, PAGA



El Lido es una isla alargada como una salchicha que cierra la laguna: kilómetros de playa, encantadoras villas de veraneo y grandes hoteles se suceden entre hortensias pomposas y caminos de grava.
Lo primero que llama la atención viniendo de Venecia son los coches. Un ferry desde el Tronchetto permite a los veraneantes disfrutar de sus maserati también en vacaciones.

La enorme playa que se extiende por la isla está repartida en concesiones que acotan su territorio e instalan unos servicios (lettino, ombrellone) de los que puedes disfrutar, pagando, claro. De manera que puedes pasear a lo largo de la mítica Via Marconi sin ver un centímetro de arena.



Aunque siempre puedas soñar con ver otras cosas delante de las tripas de la Mostra de cine.






En los únicos cien metros de playa libre que se pueden encontrar se agrupaban jóvenes italianos, familias de hindúes, turistas sedientos de sol y alguien como yo, que no concibe tener que pagar para darse un baño en el mar.


Mientras estaba allí sentada con mi caffé shakerato llegó una pareja de extraños personajes. Parecían mendigos o personas sin techo: él escuálido y barbudo; ella, con falda larga y blusa floreada. Dejaron sus pocas pertenencias en la orilla y se adentraron vestidos en el mar. Primero con cierta timidez, después dando grititos y gemidos de placer. De pronto sacaron un bote de jabón y empezaron a enjabonarse por encima de la ropa. Ella metía la mano por dentro de la blusa, por debajo de la falda y frotaba con fruicción; él se enjabonaba la cara, el pelo, el pecho... se aclaraban y vuelta a empezar.







A la primera sensación de repugnancia, pues él tenía el cuerpo lleno de pústulas, me sobrevino una profunda tristeza. Mientras los bañistas se congregaban en la arena para ver el espectáculo y las madres sacaban a sus hijos del agua a toda prisa, comencé a pensar en la historia que traerían detrás. Cuántas penalidades ha tenido que pasar un ser humano para bañarse sin pudor de esa manera. Qué podía yo juzgar de sus caras, finalmente complacidas por un agua vivificadora y libre.





A menos de 50 metros se erigía el exquisito mamotreto del Hotel des Bains. Las pintorescas y cinematográficas casetas de lona rayada habían sido sustituídas por unas de madera y techo de paja, todo con un cierto aire (vulgarmente) caribeño.
Y entonces, delante de todas aquellas imágenes, recordé el final de una novela:


Y aquel mismo día, un mundo respetuosamente conmovido recibió la noticia de su muerte.


Sin duda las palabras de Thomas Mann no se referían sólo a Aschenbach, el protagonista de su relato.


Me encaminé al barco y decidí poner rumbo a otras islas.




Dejamos a un lado la semiabandonada Torcello (donde dicen que a Heminway le gustaba pescar) y con el sol de frente, nuestro vaporetto proletario se cruzó con multitud de embarcaciones de recreo que lo adelantaban dejando una estela de soberbia y espuma. Hombres bronceados y canosos al timón, mujeres tumbadas en la proa o niños rubísimos apenas nos dedicaban una mirada mientras nosotros imaginábamos sus vidas regaladas en el interior de algún palazzo veneciano.




Murano estaba medio adormilada en ese domingo intempestivo de agosto. Las viejas vetrerie y los fornai cerraban sus puertas a cal y canto y los carteles de Chi rompe, paga (El que rompe, paga) bailaban en los escaparates movidos por una tenue brisa. Había pocos turistas y algunas tiendecitas abiertas saciaban la sed de compras .




Burano, L' Isola delle merletti (isla de los encajes), L'isola dell' arcobaleno (isla del arcoiris) estaba algo más animada. Quizás el colorido de sus casas exaltaba los espíritus o tal vez el esmero de sus calles limpísimas nos ofreciera el eco inconsciente de algún disneyland maravilloso.






Burano, L' Isola delle merletti (isla de los encajes), L'isola dell' arcobaleno (isla del arcoiris) estaba algo más animada. Quizás el colorido de sus casas exaltaba los espíritus o tal vez el esmero de sus calles limpísimas nos ofreciera el eco inconsciente de algún disneyland maravilloso.




Giardini della Biennale

Dejamos atrás la isla de los muertos -S. Michele, el cementerio de Venecia- casi rozamos la cúpula de S. Giorgio, las doradas fachadas de la Giudecca.






S. Michele





S. Giorgio




Chiesa del Redentore (de Palladio) en la Giudecca.




Pero de nuevo el Gran Canal nos absorbió, como un imán, hacia un torbellino ruidoso y desenfadado.





El botín de tan osada incursión en la laguna, un exquisito anillo de cristal de Murano, centelleaba esa noche en mi dedo cuando alargué el brazo para que el hermosísimo camarero egipcio me sirviera un bianco freddo en una trattoria cerca de casa.







Por el canal pasaban barcazas tuneadas, llenas de jóvenes, con la música a toda pastilla.

lunes, 1 de septiembre de 2008

SESTIER CANNAREGIO


Los barrios en Venecia se llaman sestieri en lugar de quartieri, como en el resto de Italia, porque el pez se divide en seis partes, como véis.
La casa del Gelsomino estaba en el maravilloso y castizo...



Un barrio donde los niños juegan a tirarse el balón de un lado a otro del canal, las señoras van a la compra con sus carritos de doble rueda (para subir y bajar los puentes) y donde puedes ver barcazas de mercancías (maderas, bebidas, plásticos, frutas...) deslizarse por canales desiertos, pequeños ultramarinos, panetterie, tabacaii y todo tipo de pequeños negocios.







Hay ropa colgada en las ventanas abiertas por las que canta Ligabue en RadioVenezia, botellas de agua en las puertas para que no meen los gatos y faldillas en las esquinas para que no meen los guarros.











También en el Cannaregio está el primer ghetto judío de la historia. La propia palabra significaba en dialecto veneciano "el lugar donde fundían hierro", en referencia a la actividad que allí se realizaba antes de que las autoridades del momento decidiesen hacinarlos a todos allí. De hecho, la necesidad de albergar a tanta gente en tan poco espacio hizo que se construyeran las casas más altas de Venecia.









Allí puedes verlos: grupos de judíos ortodoxos, en su mayoría americanos, con su kippa y sus tirabuzones, leyendo imbuidos de un extraño misticismo, comiendo dulces casher amasados por manos judías, bebiendo agua envasada por manos judías. No había mujeres.
Are you jew? te preguntan, extrañados por tu curiosidad. No, les respondes, extrañada por la pregunta. Sonríen y te dejan pasar.



Judío ortodoxo tirado a la bartola y hablando por el móvil.


En este barrio puedes encontrarte también con grandes palazzi y majestuosas iglesias que parecen dormitar en el olvido de las guías turísticas.










Allá en el fondo: campanile della chiesa della Madonna dell'Orto


Puedes compartir el espacio con un sinfín de personajes, reales o imaginarios, que salen de sus libros o de sus casas al anochecer, buscando algo de fresco.

Como la elegante dama que tomaba su vino sentada en una silla en medio del comedor de una trattoria, sombrero de paja, fular de seda y mirada de aristocrática indiferencia. La bauticé como Madame Ormesini, en honor al Fondamenta por el que la veía pasar, con más o menos dificultad, casi todas las noches.


Yo también salía algunas veces, mirando con envidia hacia los tejados llenos de altane, esa especie de niditos que los venecianos construyen en sus tejados para huir de la canícula.




O me encaminaba por el Fondamenta delle Capuzine en busca del mar. Allí, quedaban algunos parroquianos en las pequeñas trattorias que colocaban sus mesas al lado del canal. Lánguidos, reclinados en las sillas -camiseta de tirantes, pantalón corto y alpargatas- apuraban el vino, ya caliente, con un único pensamiento: esperar que algo de brisa llegase por el canal.
Pero no sucedía nada.


Los dejaba atrás con su buonasera mascullado en dialecto y llegaba hasta el final del Fondamenta donde había visto grupos de ancianas con sus batitas floreadas en los bancos que rodeaban el puente. Ese debía de ser un buen lugar.

Nada. El aire caliente apenas se movía.




Una noche vi a una pareja que se despedía en la semioscuridad. Después de un largo beso ella se encaminó hacia el puente y él saltó por encima de las barcas apostadas en el canal hasta una pequeña nave con dos lenguas de fuego pintadas en la proa. Ella lo saludó desde lo alto del puente y se internó por callejas oscuras hasta que se pudo oír el ruido metálico de las llaves al abrir una puerta. Él salió silencioso del canal. El motor era inaudible, pero al alcanzar mar abierto, encendió una potente radio y aceleró dejando una estela blanca, espumosa y estridente. Por fin algo de brisa.





Cannaregio: mi barrio.

viernes, 29 de agosto de 2008

LA CASA DEL GELSOMINO


La entrada a la ciudad de Venecia desde el continente posiblemente sea de las más horrorosas, deshumanizadas y agobiantes que se pueda encontrar.

Sea por carretera o por tren, atraviesas ese anzuelo de cemento y hierro que mantiene al pez bien anclado a tierra firme. Y lo único que ves durante los veinte minutos que dura el camino son refinerías de chimeneas humeantes y fétidas, industrias varias de Maghera, naves gigantescas de Mestre, agua asaeteada caóticamente por embarcaciones de diverso tamaño transportando mercancías de todo tipo.
Acabas preguntándote si después de eso puede haber algo de incomparable belleza.







Pues sí, lo hay.

Y toda esa visión horripilante tiene una función. No cuando llegas, porque la olvidas inmediatamente, pero sí cuando te vas. Después de haber estado un tiempo en la ciudad, es imposible sobrevivir fuera sin esa terapia de choque. Es como si te dijeran olvídate de todo lo que has visto, despierta, el mundo que te espera nada tiene que ver con Venecia.



Afortunadamente, cuando bajé del autobús en Piazzale Roma y dejé atrás ese bullicio de vehículos, mercancías, maletas, descuideros y máscaras made in China, el vaporetto me esperaba para disipar, con una suave y húmeda brisa, cualquier imagen pasada.






Una vez allí, lo único que debía hacer era encontrar la casa del Gelsomino.
Es un lugar al que no todo el mundo puede llegar. Necesitas unas instrucciones precisas que te hagan girar a la derecha o a la izquierda en el momento adecuado. Que te hagan cruzar puentes o dejarlos atrás. Es fácil perderse, atravesar un sottoportego idéntico, pero equivocado y descubrir que la llave mágica no funciona.





Pero nada de eso ocurrió.

Arrastré mi maleta bajo el sol del mediodía, sobreponiéndome a la tentación de admirar la belleza: tenía una misión y era necesario estar atenta. Cuando por fin apareció la Corte delle Capuzine, la puerta se materializó ante mis ojos.
Estoy segura de que nadie más podía verla, de que yo era la elegida para regar noche tras noche el Gelsomino mágico.


Y esta estrecha casa veneciana se abrió para mí como un auténtico palacio. Ningún lujo superfluo, sólo pequeñas estancias con zanzaniere (mosquiteras) en las ventanas, una enorme cama con dosel y libros, muchos libros por todas partes, acompañaron mis días en la ciudad y mis noches de lectura y dulce insomnio amoroso.
Bueno, y también las voces cercanísimas de los vecinos que llamaban a Michele para bañarse, concertaban una cita por teléfono o discutían el precio de las melanzane (berenjenas).

Venecia en estado puro.

(Aviso para navegantes: debido a un percance memorístico de mi histórica Olympus tuve que echar mano de la cámara del móvil, con una considerable pérdida de calidad en las estampas. Hecho éste que me produjo una gran angustia a la par que cabreo. Pero si he de ser sincera, con el paso de los días me sentí más y más liberada al dejar de mirar las cosas a través de un objetivo. Dicho esto, espero suplir con las palabras todo lo que se hurte a las imágenes)

miércoles, 27 de agosto de 2008

APPENA ARRIVATA!



Ciao ragazzi!



Acabo de llegar con las maletas llenas y la cartera vacía...pero ¡qué felicidad!

He debido retrasar mi vuelta unos días para saludar a unos amigos que se acercan en estas fechas a Venecia.




Por lo demás, espero poder contaros algunas cosillas dentro de poco.

Baci per tutti y gracias por los comentarios de la última entrada, en un lejano jueves de este verano que se acaba.