Los gondoliere dejan sus camisetas de rayas y sus sombreros de paja en el camerino y se dirigen, con paso cansino, hasta la primera taberna que encuentran abierta.
Los focos de la Piazza de S. Marco se apagan definitivamente y los negocios cerrados que la bordean toman un aire siniestro y fantasmal.
Piazza S. Marco
El encargado del atrezzo cubre las góndolas con lonas azules y el último operario va levantando las butacas y barriendo de entre ellas programas de mano, entradas de museo, scontrinos de pizza al taglio, vasos de plástico...


Sólo los Vu'cumprà? (¿quieres comprar?) esperan entre bambalinas las migajas del pastel.
Se cierra el Gran Decorado hasta la próxima función.

Grupos de africanos con sus mercancías de bolsos falsos esperando que cierren los comercios
para ofrecer su producto a buen precio.
Es entonces cuando se pueden atravesar puertas que no llevan a ninguna parte, perseguir fantasmas de seres imaginarios, fabricando enfermizamente una ciudad que no existe.

Es entonces cuando rondo el palazzo Barbaro, donde Henry James -invitado por los Curtis- escribió, en un delicado escritorio de cerezo, Los papeles de Aspern; donde ambientó Las alas de la paloma... y observo sus ventanas abiertas sin saber muy bien qué hacer.



Busco lugares donde no estuvo nadie sin hallar conforto, ni sosiego.

Comisaría de Guido Brunetti, personaje de las novelas de Donna Leon
Algunas veces, en esa hora indecisa de la tarde que se resiste a precipitarse en noche, en una esquina poco transitada, puedes encontrar un espíritu sigiloso de mirada perdida en el horizonte de otros mares.

Un espíritu que te susurre con dulce acento la calleja oscura por la que aparecer en un campo desierto y descubrir patere con misteriosos leones alados.

Baldaquinos desaparecidos en enormes iglesias, cerradas como tumbas, al borde del mar.

Pozos clausurados desde los terribles años de la peste.

Templos sumergidos, templos armenios invisibles al ojo humano

Chiesa di S. Barnaba

Chiesa degli Armeni
Seres petrificados víctimas de insondables maleficios.

Fachada de la casa en la que nació Tintoretto

Claustros abandonados, animales perdidos en solemnes arquitecturas o simplemente canales umbríos donde sentarse con los pies colgando a oír el ruido del agua chapotear con parsimonia contra las paredes mohosas.

Claustro della Chiesa di S. Pietro
Entrada a la Scuola di S. Rocco


Una de esas osterías recogió mis pasos cansados en una noche de tormenta. La escuálida luz de la puerta apenas tenía que ver con el ambiente eufórico y parlanchín que se respiraba dentro. Pasaban platos de spaguetti nero di seppia, cozze y pescados brillantes. Allí vi por primera vez a madame Ormesini con su copa de vino y allí me senté, por fin, en una mesa al fondo del comedor.






























