El Bankside londinense se sitúa en la orilla sur del Támesis, entre el Blackfriars Bridge y el London Bridge. Puede resultar, en principio, algo caótico pero en los últimos años se ha convertido en una zona en expansión muy animada. Antiguamente se situaban aquí viejos almacenes de mercancías, consignatarios de buques y grandes fábricas que ahora se han visto rehabilitadas para uso comercial, viviendas o pubs. Y allí se encuentra uno de mis museos favoritos : la Tate Modern.
La Tate es una mole imponente de ladrillo rojo que se alza en medio de una explanada y bajo un cielo siempre gris. Su visión, sobrecoge, pero cuando traspasas sus puertas, toda la frialdad que transmite desaparece para entrar en un mundo cálido, imaginativo y emocionante.
En su enorme sala de turbinas, descubrí por primera vez a Olafur. Esta vez, una enorme araña ocupaba su lugar, sobre un curioso montaje de literas y libros encadenados.
Desde la parte de arriba del museo se puede disfrutar de una de las vistas más impresionantes de la ciudad: el puente del Milenio y la catedral de Saint Paul.
Al lado de la Tate está The Globe, un edificio moderno, construído en el lugar donde se cree que estuvo el teatro original en el que trabajó Shakespeare; de hecho, por aquí debió de haber mucha vidilla en otro tiempo, pues en toda la zona se conservan restos de otros teatros como The Rose.
Este vistoso edificio blanco tiene la peculiaridad de haber sido construído con los mismos métodos artesananles con los que se edificaba en la época y es una reproducción exacta del escenario, balcones y gradas en los que actuó el gran William.

Esta foto y la siguiente, como habéis podido notar por el solazo, no son mías, pero se ve mucho mejor el teatro.

Y además de ser una gozada pasear por allí, es una gozada hojear las ediciones completas de sus obras, ver trajes de actores de la época o escuchar a genios de la interpretación, como Laurence Olivier o Marlon Brando, recitar sus versos en los archivos sonoros.
Otro de mis lugares mágicos es la British Library. Antes, esta mítica biblioteca de forma circular y cúpula redonda, se encontraba en el British Museum y allí se puede visitar todavía la sala y la mesa en la que, según dicen, Marx escribió El Capital. Pero los fondos han sido trasladados a un moderno edificio de ladrillo rojo al lado de Saint Pancras y es un lugar fantástico.
Una enorme torre de libros, como un totem borgiano, se erige en el centro del edificio y todo gira y se desenvuelve a su alrededor: las salas de consulta, los accesos a Internet, las salas de investigadores... Es un mundo que a mí me fascina, me encantan las bibliotecas, soy así de friki.
Además, a la salida, siempre puedes dejarte caer por la estación de King Cross y darte un garbeo por Hogwarts atravesando el muro del andén 9 3/4.
Pero de todas las cosas que se pueden hacer en Londres, la que más me gusta, con diferencia, es estar en la calle.
Me gusta pasear por Kings Road, aunque ya no tenga el encanto transgresor de los años 80. Sigue siendo una calle tranquila, llena de tiendas exquisitas, cada vez más lujosas y donde esta vez me compré unos lápices y una libretas chulísimas en la minimalista y zen Muji.
Me gusta pasear por Kings Road, aunque ya no tenga el encanto transgresor de los años 80. Sigue siendo una calle tranquila, llena de tiendas exquisitas, cada vez más lujosas y donde esta vez me compré unos lápices y una libretas chulísimas en la minimalista y zen Muji.
Me gusta Queensgate porque en una ocasión viví allí. No tiene nada especial, es un barrio lleno de hombres árabes con cazadoras de cuero fumando en narguila, de mujeres árabes con el pañuelo en la cabeza y los hermosos ojos negros maquillados como en las mil y una noches.
Me gusta el bullicio de Chinatown por las noches y la peregrinación de escaparate en escaparate buscando el mejor pato lacado de la ciudad.
Me gusta quedarme en Notting Hill, después de la avalancha que viene a husmear en el mercadillo y ver a los parroquianos fumando un pitillo antes de recoger definitivamente. Me gusta ver a las madres con los niños que regresan del cole, a la chica de la peluquería que salió con el albal en las mechas a buscar un café en el pub de la esquina, a la señora que olvidó las cebollas y baja en chándal antes de que se retire el último puesto.
Me gusta sentarme delante de un capuccino y observar la vida que no fotografiaré, la que no sale en las guías... me gusta imaginar historias detrás de las ventanas que se alejan a mi paso, de las caras que se cruzan, aunque sólo sea un segundo, con la mía.
Me gusta Londres.
FIN
