martes, 1 de septiembre de 2009

GIORNO OTTO: SIENA

La Piazza del Campo de Siena es uno de los lugares más hermosos del mundo. Tiene forma de concha inclinada, aunque en realidad fue construída en forma de manto de la Virgen, como agradecimiento, según parece, a su decisiva intervención en la batalla de Montaperti. Este triunfo sienés sobre su encarnizado enemigo florentino inició la época de mayor esplendor de la ciudad. La plaza se divide en nueve partes como símbolo de los miembros del antiguo consejo que gobernaba sus días. 


Aunque la Piazza es el corazón que bombea la vida de todo lo que se cuece en  sus calles tortuosas y ennegrecidas por el tiempo, la ciudad entera era un hervidero de propios y ajenos.
Resulta difícil explicar el poder de atracción que esta especie de concha irregular tiene sobre la gente que se sienta o se tumba sin más, mirando la torre del Mangia elevarse hacia el cielo.

Acostumbrada al lento transcurrir de Murlo, Siena me pareció escandalosa y apabullante.  
Callejeé sin rumbo fijo por la difícil disposición de sus calles, subidas y bajadas, vie que se alejan infinitas y por las que inevitablemente debes regresar, pues su planta es lo más parecido a una Y retorcida y única. Los ganadores de la carrera del Palio de julio -la Tartuca (tortuga)- se empeñaban en que nadie lo olvidase: tortugas estampadas por todas partes y carteles con pullas a los rivales animaban el cotarro local.





El imponente Duomo también es fruto de la enemistad florentina ya que ambas compitieron por elevar el mayor templo de la cristiandad. Y viendo lo que hicieron los sieneses, casi da miedo pensar en lo que pudo ser y, debido a una maltrecha economía, no fue. El templo te sobrecoge, obnubila tus sentidos y no precisamente en un arrebato místico -aunque lo entendería- sino por un exceso de belleza.  Es imposible apreciar en una visita todos los detalles, y no sólo me refiero a piedras, esculturas, frescos, mosaicos sino a los rincones tenebrosos, a la luz que ilumina el mármol blanco y negro de sus columnas... sólo deambulas, con la capita púdica que te obligan a llevar, eso sí, perdida en un universo que nunca acabarás de asimilar. 
Salir afuera es recibir un bofetón de imperfecta y necesaria humanidad. Crecían como setas los carritos de souvenirs, de fruta fresca y de agua. Cientos de grupos iban de un lado a otro sin perder de vista el reclamo de sus guías que seguían escupiendo fechas y nombres a sus maltratados cuerpos. Puede que alguno pensase por un momento en la rebelión al pasar entre los que, como yo, nos sentábamos en la escalinata sin hacer otra cosa que pasmar.






Pero justo enfrente del Duomo se esconde un lugar maravilloso: santa María delle Scale, un antiguo hospital donde pude contemplar en casi absoluta soledad, unos frescos magníficos de Domenico di Bartolo. Tan fantásticamente vacío estaba - y esto no debéis hacerlo nunca, niños y niñas- que pude subirme al andamio de restauración para acariciar la cúpula con mis ojos.  




Siena ardía bajo la luz roja del atardecer cuando salí y qué mejor cosa para apagar un incendio que un helado de Nannini, imposible de describir: textura, sabor, tacto, ninguna palabra puede ni remotamente acercarse. Ojos cerrados en cada lametazo y muerte por sobredosis de felicidad.


La trattoria della Torre, muy cerca de la Piazza en pleno barrio del mismo nombre, nos recibió esa noche con aromas familliares, pasta fresca y cacerolas burbujeantes dispuestas a rematar lo que Nannini había empezado.


Cuando salimos, la Piazza estaba llena de jóvenes, sentados en el suelo con sus cervezas, celebrando un cumpleaños con tarta y velas o simplemente charlando. Un grupo de japonesas se sentaron a pocos metros de mí. Una de ellas vestía un precioso kimono negro y de su bolsa rectangular sacó un diminuto ordenador en el que  se afanó a teclear.
Nada de lo que allí sucedía podía romper el encanto. Todo cabía en la Piazza del Campo porque en ese preciso momento era el centro del mundo.

CONTINUARÁ...

domingo, 30 de agosto de 2009

GIORNO QUATTRO: PERCORSO (Recorrido)

Los días amanecen tarde para mí, cuerpo abandonado a la molicie veraniega, aunque el sol rebosa plenitud a las seis de la mañana. Desayuno tarde, sin prisas, con el aceite que Susanna dejó para nosotros y aunque el mediodía me pise los talones, emprendo la marcha, siempre en dirección diferente, siempre con despreocupación.

Cuando entro en una de estas pequeñas poblaciones, toscas y solitarias, me maravillo de que al traspasar sus murallas pueda encontrar tantas construcciones impresionantes, palacios renacentistas, iglesias donde dormita Piero della Francesca, olvidado de las guías, olvidado de los turistas. Es verdad que en estas tierras se libraron batallas sangrientas, que sus bastiones alimentaron la ambición de los poderosos y quizás por eso hoy cada valle, cada pueblo, compite con un vino, con una sagra, con un palio, con el campanile más alto, la muralla más fuerte, el paisaje más hermoso.




Pienza podría ser un buen ejemplo. Aquí nació Eneas Silvio Piccolomini, un hombre ambicioso que no se contentó con llegar a ser Papa -Pio II- sino que obsesionado con la inmortalidad hizo cambiar el nombre original de su pueblo, Corsigniano, por el de Pienza, para perpetuar su nombre y el de su estirpe. No satisfecho con eso, encargó al arquitecto Rosselino que le construyera una ciudad renacentista. ¡Toma ambición!
Hoy, Pienza es un lugar increíble, encaramado a una colina desde la que reinan torres, logias palacios y un duomo impresionante.




Montepulciano dormitaba a la hora de la siesta como el escenario vacío de la gran plaza en espera del anochecer. Todas las noches del mes de agosto se lleva a cabo una representación teatral a cargo de personas del pueblo, Teatro povero, lo llaman. Y a mí que me parece impagable asistir a una de estas veladas, al aire libre, en la plaza mayor.
Aunque Montepulciano es famoso por su vino -el nobile- en sus calles empinadas se oculta un local sacado directamente de París o Lisboa, el  Caffè Poliziano. Allí, en su espléndida balconada sobre el valle me tomé un shakerato -café helado- junto al fantasma del mismísimo Fellini. 
Este pequeño burgo fue disputado por las todopoderosas  Florencia y Siena y en él brillan decenas de palazzi que ricas familias del Cinquecento hicieron construir siguiendo las nuevas modas renacentistas, es como pasearse por un museo al aire libre. 
De todas estas construcciones quizás la iglesia de san Biagio, toda ella de mármol travertino, es la joya más preciada de la ciudad.

Caffè Poliziano

Vicolo

Cortejo histórico para celebrar la apertura de la temporada de caza.

Chiesa de san Bagio

Montichielo podría ser otro de esos lugares inverosímiles en su belleza. Todas las casas tienen flores suavizando la tosquedad de sus fachadas de piedra, tan hermosas en su simpleza. También aquí tenían preparado el escenario del teatro para la noche. Me he sentado en las escaleras de la iglesia donde apenas unos minutos antes dormitaban dos gatos. Al lado de la iglesia había una pequeña tienda de de lino toscano ( a un precio desorbitado, por cierto).  El dueño ha salido también a sentarse en las escaleras y todos los que pasaban tenían unas palabras sobre las menudencias del día. He entendido perfectamente a los gatos.





Bagno Vignoni creció alrededor de unas antiguas termas romanas, a donde, según dicen, se hacían traer algunos emperadores romanos para aliviar sus males. También aquí se reunían el Piccolomini ambicioso con Lorenzo el Magnífico. A saber qué oscuras confabulaciones surgieron de estas aguas sulfurosas. El pueblo está lleno de hotelitos con encanto alrededor de la gigantesca piscina natural de donde emergen sus aguas. De allí, las aguas descendienden por una escarpada montaña hasta embalsarse en una especie de laguito lechoso, donde he estado metida, como mosca en la leche, durante toda la tarde. Ni que decir tiene la maravillosa tersura que adquirió mi piel al salir de tan regio baño. 






Suaves colinas y filas de cipreses entre polvorientas strade bianche nos han llevado de vuelta a casa. Susanna venía por en medio de los olivos, toda ella silvanamangano, con un cesto de pommodorini apoyado en la cadera. Pocos minutos después estaba en nuestro jardín con un cestillo de tomates, un tarro de mermelada hecha por ella y unas velas olorosas contra los mosquitos. Su marido, Marcello, nos ha colocado una luz en el cenador mientras nos iba contando, con su endiablado acento toscano, la distribución de las aguas por estas tierras.

Strada Bianca

Susanna nos ha hablado de lugares maravillosos para visitar: abadías abandonadas con misteriosas espadas hincadas en la piedra, playas desiertas en la maremma, más termas romanas esperando nuestros pasos. 

Abadía de san Galgano

Rosetones de nubes, cúpulas de cielo.

Aquí la hincó Galgano (la espada) harto de dar mandobles.

 Le hemos dicho que también pensábamos ir a Roma y sus ojos se han iluminado de pronto con un destello de orgullo patricio. Los dos perros de la casa han entrado a nuestro jardín y se han puesto a husmear por todas partes con absoluta normalidad. Raudas como centellas, dos stelle cadenti (estrellas fugaces) atraviesan un cielo casi imposible.
¡Qué fácil resulta acostumbrarse a este lugar!

miércoles, 26 de agosto de 2009

DIARIO INTERMITENTE DE UNA ESTANCIA TRANSITORIA EN EL PARAÍSO


GIORNO UNO: ARRIVO (Llegada)

En ningún otro sitio como en Toscana he visto el cielo nocturno tan plagado de estrellas. La Osa Mayor, la Menor, Orión, Venus y tantas otras constelaciones cuyo nombre y forma desconozco aparecen de pronto colgadas en un espacio inmenso, inabarcable, infinito y quieto.
La noche de mi llegada, en cambio, apenas pude darme cuenta de nada, empeñados como estábamos en coger el desvío justo y no equivocarnos en ninguna de las encrucijadas que aparecían a nuestro paso.

Por la mañana, la claridad se colaba por todas las rendijas de la ventana susurrando "venga, sal de ahí, no sabes lo que te estás perdiendo". Y, en efecto, un extenso paisaje se desplegó ante mí al abrir las contras de par en par: colinas amarillentas, olivos grisáceos, alguna mancha verde de vides en perfecta alineación, la derruida torre de Crevole a la izquierda, pequeños borguetti encaramados en las lomas con sus caminos de cipreses, en el centro, Siena y la torre del Duomo ondulándose en la distancia, campos de girasoles, balas de pajas secando al sol como gigantescos quesos parmigiani.
La casa era espaciosa, parecía confortable; nuestra casera, Susanna, una mujer generosa en las formas, de hermosos y rasgados ojos verdes, era afable y simpática... casi no me lo creo. Era tan perfecto que parecía un sueño, en realidad, estuve todo el día flotando en un estado de enajenación total.






Dediqué el resto del día a hacer una pequeña incursión en el pueblo: una bottega (tienda) regida por dos mujeres sonrientes, el macellaio (carnicero) sentado a la puerta, el círculo ARCI (Asociación Recreativa Cultural Italiana) lleno de hombres con cannotiera (camiseta de tirantes), pantalón corto y calcetines con zapatos, el cuartel de los Carabinieri cerrado a cal y canto y una carreterita que conducía a la parte antigua, una fortaleza no más grande que una nuez.
El ritmo de vida se ralentizó de pronto. Nada de lo que había que hacer merecía nuestra prisa, todo plan podía ser sustituido por otro, o por ninguno. El silencio se llenó de miles de ruidos diminutos: insectos, crepitar de ramas, pasos de animalillos que en la noche se aventuran hasta la gravilla del jardín, el estallido opaco de una granada multicolor que ilumina alguna fiesta en la lejanía, voces que se cruzan en el paseo nocturno buscando algo de fresco.



Y en la pequeña fortaleza de Murlo, una única pizzería, humilde y pequeña en apariencia pero con una lujuriosa terraza sobre el valle y un pizzaiolo -puntito canalla- digno merecedor de cualquier leyenda al respecto.
En la diminuta plaza, un grupo de jazz al que no oímos. En la mesa, un chianti que no bebimos porque esa noche un vernaccia de san Gimignano se deslizaba peligrosamente por nuestra gargante sedienta.
La noche estrellada hizo el resto.

lunes, 24 de agosto de 2009

APPENA ARRIVATA, ANCORA NON PRONTA

Acabo de llegar de Italia. 
Deambulo por la casa, familiar y tediosa, con un indefinible estado de fastidio. Al abrir la maleta, un olor a lavanda ha inundado la habitación. Antes de abandonar la casa de Murlo, en Toscana, he cogido unas ramitas de un arbusto que crecía en el extremo del jardín. De pronto ese aroma melancólico me ha traído un poco de paz.

Dicen que en los viajes nuestra alma siempre viaja en burro, de ahí que por más que nos empeñemos en utilizar modernos y rápidos medios de transporte para nuestro cuerpo, vaguemos como zombies durante días por las ciudades de destino. Sólo cuando nuestra alma llega, algún tiempo después, podemos empezar a comprender y a disfrutar del viaje. Algunos se empeñan en alejarse más y más rápido sin que el alma logre alcanzarlos jamás.
Creo que en mi caso, el alma se larga varios meses antes, tomándome la delantera y soy yo la que pulula de un lado a otro, sin enteneder muy bien por qué sigo aquí.
Por eso, para mí, llegar a Italia es como llegar a casa, reencontrarme con el alma repantingada a la sombra, recibiéndome con un vaso de vino fresco y una sonrisa en los labios. Por eso, ahora doy vueltas sin ganas de hacer nada, oliendo la ropa impregnada de otros jabones, desenvolviendo paquetes con pedazos de Toscana y esparciéndolos por todas partes.

El alma me saludó desde la puerta mientras yo me alejaba por la carretera y antes de tomar la última curva pude ver como se sentaba de nuevo, a la sombra, en busca de un poco de brisa. No creo que esta vez emprenda demasiado pronto el camino de vuelta. Puede, incluso, que se quede allí para siempre.