lunes, 7 de septiembre de 2009

GIORNO VENTUNO: IL FINE

Los días de vacaciones se van acabando y es como si una nube ensombreciera todo lo que veo. Sé que no puede ser así, que no puedo organizar mi vida como si el resto del año fuese un paréntesis hasta llegar el próximo verano. No es sano. No soy capaz de controlar la angustia que eso me genera.

Estoy tumbada en la hierba con un vaso de brunello de Montalcino (¡menudo descubrimiento!) y pienso en todos estos días. Apenas he podido leer, apenas he escrito más allá de nombres y lugares que se escabullirán tarde o temprano de la memoria: Campaniles, viccoli, deliciosas trattorie, geranios en las ventanas, gatos atrapados, gatos mentirosos, pueblos encaramados en las colinas suplicando algo de brisa. Todo se desdibuja en un mar de imprecisión e inconsciencia.

Viccolo en Cortona.

Balcón en Sarteano.

Gato en Montepulciano.

Gatos de terracota en Volterra.

Veo a los turistas afanándose en sus guías mientras el sol de la tarde nos abrasa la piel. Busco una fuente y mis ojos van detrás del pasado imperceptible, de un hombre que trabaja el alabastro ajeno a todo lo que sucede a su alrededor, de un lugar donde nacen niños, de voces adolescentes compitiendo por el número de segas (pajas). No hay nada que no me quiera llevar de aquí. Cualquier rincón, cualquier silencio, cualquier ciprés detrás de una curva es un tesoro que ninguna guía me podrá ofrecer.

Huellas de un mensaje de Mussolini.


Escarapelas indicando el nacimiento de dos varones.

Adolescentes en un parque de Volterra



Artesano del alabastro
 
Escaparate de anticuario en Arezzo.

Viejo negocio de Castiglion Fiorentino.

Paisaje de el valle d'Arbia

Detrás de las piedras yacen esos nombres que la historia recuerda: el cardenal Piccolomini en Pienza y yo me fijo en un macellaio (carnicero) cortando porchetta junto al escaparate de su negocio; las brutales luchas de Julio II contra los Borgia y yo saboreo los funghi porcini (setas secas) más exquisitos que probé nunca; la fortaleza de Montalcino recuerda batallas por la supremacía que el tiempo borró y yo veo la sangre convertida en un vino cálido e inolvidable...




Exterior de la Fortaleza de Montalcino.

Interior de la Fortaleza de Montalcino y dos copas de brunello.

Hoy por la tarde una parte del cielo ha empezado a oscurecerse y de pronto una columna  de agua se ha desmoronado sobre un paesino cercano. En el valle contiguo, Siena brillaba bajo el sol. Toda la extensión de campos y viñedos que se ve desde casa aparecía extrañamente oscurecida o iluminada. Varios rayos se encendieron sobre la torre del castillo y la cortina de agua vino avanzando hasta nosotros. Ha sido un espectáculo.

En Toscana se desperezan los sentidos abotargados: el silencio se llena de ruidos inimaginables, los pueblos al atardecer huelen a leña quemada que los pizzaioli echan al horno, el agua de los cocomeri (sandíainunda tus manos, ávidas como niños, en cada valle la Naturaleza ha puesto una vid diferente para conforto del viajero y no hay nada en que poner los ojos que no te haga inmensamente feliz.



Pero aquí el tiempo forma parte de un transcurrir necesario y comprensible, aunque a mí me parezca una dolorosa injusticia. 
Y mi tiempo se ha terminado. 

jueves, 3 de septiembre de 2009

GIORNO SEDICI: IL PALIO

Cualquiera que sea tu camino por las calles de Siena, siempre vuelves a la Piazza del Campo. Y allí están los sieneses.
Los sieneses son hermosos y broncíneos como estatuas clásicas. Sólo van de vacaciones antes de los dos Palios, para estar perfectamente moreneados y lucir con el esplendor que el evento requiere. Se consideran a sí mismos la aristocracia italiana y como tales tienen a gala mantener todas las tradiciones que los distinguen del resto. Una de esas tradiciones es la Corsa del Palio. 


Siena se divide en 17 barrios o contrade, que además de agrupar a gente del mismo espacio físico, tiene mucho que ver con la división medieval de los antiguos gremios de artesanos. Todos los barrios tienen una capilla, un establo y una fuente, además de un nombre y una bandera que engalana sus calles los días en que se celebra de la carrera -el 2 de julio y el 16 de agosto-. Aquí nadie es seguidor de una contrada, aquí se "nace" en una contrada.




Farolas y banderas adornando la contrada de la Tartuca.

Un caballo se dirige, custodiado, a la Piazza del Campo.

Establo de la Torre.

El Palio, además de una carrera de caballos sin montura, es un estandarte que constituye, junto con el orgullo del triunfo, el único premio. Varios días antes se sortean las contradas que correrán ese año, sólo 10 de las 17, por evidentes motivos de seguridad, pues corren alrededor de la Piazza del Campo, previamente acondicionada con tierra.  Los fantini (jinetes) y los caballos también los decide la suerte.

A partir de las tres de la tarde del día señalado, una salva anuncia que aquello por lo que llevan esperando un año entero inicia su camino. Cada contrada sale de su barrio para reunirse delante del Duomo. El espectáculo es indescriptible. Es como si de pronto todos los cuadros del Renacimiento saliesen a pasear por la calle y descubro con estupor que los italianos han nacido para llevar esas ropas. Debajo de sus horribles pantalones pinocchietto (piratas), sus estrambóticas gafas y su palpable macarrez, yace un hombre del Renacimiento.



Los tambores suenan por todas partes, las banderas vuelan y compiten en el lanzamiento más alto, más lejos, más difícil. Te sientes atrapada y el corazón va a cien por hora mientras la muchedumbre te arrastra. Resulta imposible sustraerse a esa efervescencia, a esa pasión, a esa belleza que los sieneses despliegan para su propio deleite. Porque es verdad que la Piazza está hasta los topes de turistas, pero el Palio es una fiesta "de" y "para" los sieneses. Eres invisible para ellos, atentos a sus caballos, a la salida, a los 90 segundos de infarto que decidirán algo más que un triunfo.




Nunca he visto la carrera en la Piazza. Las localidades de asiento están copadas por los lugareños y no creo que merezca la pena pasarse toda la mañana bajo un sol aplanante para 90 segundos. Yo prefiero elegir una contrada al azar y cuando el último rayo de sol abandona la Piazza y empieza la carrera, sumergirme en sus calles abanderadas para vibrar con ellos ante el televisor, escuchar su comentarios nerviosos, sus predicciones, compartir su decepción o su alegría.

Ambiente en la contrada dell'Onda minutos antes de la carrera.

Este año ganó la Civetta (el búho) la jontrada più pijolina  (la contrada más pequeña) que no ganaba desde hacía treinta años.  Es impagable correr hasta el Duomo después de la carrera y esperar ese torrente humano que se acerca precedido del atronar de los tambores, agitando el Palio, abrazándose, con lágrimas en los ojos, con el jinete a hombros y el caballo sudoroso al que todos quieren tocar.
La jiesa é nostra! (la iglesia es nuestra) gritaban jóvenes, ancianos y niños mientras un pasillo multicolor los recibía con honores. Los tambores resonaban imponentes dentro del Duomo, espectacular, hermoso, gigante y esa noche, por unos minutos, más pagano que nunca.


Recibimiento de las contradas a los ganadores

Andrea Baro, detto "Brio" el jinete ganador




Unos inolvidables minutos en los que la jiesa fue absoluto territorio de la Civetta.

martes, 1 de septiembre de 2009

GIORNO OTTO: SIENA

La Piazza del Campo de Siena es uno de los lugares más hermosos del mundo. Tiene forma de concha inclinada, aunque en realidad fue construída en forma de manto de la Virgen, como agradecimiento, según parece, a su decisiva intervención en la batalla de Montaperti. Este triunfo sienés sobre su encarnizado enemigo florentino inició la época de mayor esplendor de la ciudad. La plaza se divide en nueve partes como símbolo de los miembros del antiguo consejo que gobernaba sus días. 


Aunque la Piazza es el corazón que bombea la vida de todo lo que se cuece en  sus calles tortuosas y ennegrecidas por el tiempo, la ciudad entera era un hervidero de propios y ajenos.
Resulta difícil explicar el poder de atracción que esta especie de concha irregular tiene sobre la gente que se sienta o se tumba sin más, mirando la torre del Mangia elevarse hacia el cielo.

Acostumbrada al lento transcurrir de Murlo, Siena me pareció escandalosa y apabullante.  
Callejeé sin rumbo fijo por la difícil disposición de sus calles, subidas y bajadas, vie que se alejan infinitas y por las que inevitablemente debes regresar, pues su planta es lo más parecido a una Y retorcida y única. Los ganadores de la carrera del Palio de julio -la Tartuca (tortuga)- se empeñaban en que nadie lo olvidase: tortugas estampadas por todas partes y carteles con pullas a los rivales animaban el cotarro local.





El imponente Duomo también es fruto de la enemistad florentina ya que ambas compitieron por elevar el mayor templo de la cristiandad. Y viendo lo que hicieron los sieneses, casi da miedo pensar en lo que pudo ser y, debido a una maltrecha economía, no fue. El templo te sobrecoge, obnubila tus sentidos y no precisamente en un arrebato místico -aunque lo entendería- sino por un exceso de belleza.  Es imposible apreciar en una visita todos los detalles, y no sólo me refiero a piedras, esculturas, frescos, mosaicos sino a los rincones tenebrosos, a la luz que ilumina el mármol blanco y negro de sus columnas... sólo deambulas, con la capita púdica que te obligan a llevar, eso sí, perdida en un universo que nunca acabarás de asimilar. 
Salir afuera es recibir un bofetón de imperfecta y necesaria humanidad. Crecían como setas los carritos de souvenirs, de fruta fresca y de agua. Cientos de grupos iban de un lado a otro sin perder de vista el reclamo de sus guías que seguían escupiendo fechas y nombres a sus maltratados cuerpos. Puede que alguno pensase por un momento en la rebelión al pasar entre los que, como yo, nos sentábamos en la escalinata sin hacer otra cosa que pasmar.






Pero justo enfrente del Duomo se esconde un lugar maravilloso: santa María delle Scale, un antiguo hospital donde pude contemplar en casi absoluta soledad, unos frescos magníficos de Domenico di Bartolo. Tan fantásticamente vacío estaba - y esto no debéis hacerlo nunca, niños y niñas- que pude subirme al andamio de restauración para acariciar la cúpula con mis ojos.  




Siena ardía bajo la luz roja del atardecer cuando salí y qué mejor cosa para apagar un incendio que un helado de Nannini, imposible de describir: textura, sabor, tacto, ninguna palabra puede ni remotamente acercarse. Ojos cerrados en cada lametazo y muerte por sobredosis de felicidad.


La trattoria della Torre, muy cerca de la Piazza en pleno barrio del mismo nombre, nos recibió esa noche con aromas familliares, pasta fresca y cacerolas burbujeantes dispuestas a rematar lo que Nannini había empezado.


Cuando salimos, la Piazza estaba llena de jóvenes, sentados en el suelo con sus cervezas, celebrando un cumpleaños con tarta y velas o simplemente charlando. Un grupo de japonesas se sentaron a pocos metros de mí. Una de ellas vestía un precioso kimono negro y de su bolsa rectangular sacó un diminuto ordenador en el que  se afanó a teclear.
Nada de lo que allí sucedía podía romper el encanto. Todo cabía en la Piazza del Campo porque en ese preciso momento era el centro del mundo.

CONTINUARÁ...