jueves, 10 de septiembre de 2009

EPÍLOGO: EL REGRESO DEL ALMA

Llegó hace unos días.
Se quedó parada en la puerta, con la mirada baja, sin atreverse a entrar. No traía equipaje, estaba sucia y desgreñada, con los zapatos destrozados, la ropa hecha jirones y arañazos por todas partes.
No le pregunté nada.
Le abrí la puerta de par en par y se dejó llevar, dócil, hasta el baño. Tenía la piel tostada y una expresión algo salvaje, desconocida para mí, pero nada más sumergirse en el agua, cerró los ojos y emitió un gruñidito de placer. Decidí que era mejor dejarla sola.
Fui a preparale un buen café, cargado y amargo, como sé que le gusta. Al cabo de una hora, entró en la cocina precedida de un olor jabonoso y reconfortante. Después de los primeros tragos, empezó a farfullar frases inconexas, nombres de lugares, horas del día, apreciaciones sin sentido que no lograba entender:

Un perro solitario cruzaba el Circo Máximo.

El aurorretrato de Rafael Sanzio.

La Via Appia al atardecer.

Moises tiene las manos de David.

Ruegos imposibles en una iglesia oscura.

Santa María a través de santa María, en el Trastevere. 

Mercachifles en el tiempo.

No pictures, no photo!

Un centurión triste en el Coliseo.

Ni rastro de Audrey.

Los sijs cuentan sus historias a la sombra.

Amor eterno.

Juegos de espejos en el Ponte Vecchio.

El bebé más horrible de los Uffici.

Voy a tener que ser compensiva. 
Las almas necesitan, inevitablemente, un periodo de adaptación.


lunes, 7 de septiembre de 2009

GIORNO VENTUNO: IL FINE

Los días de vacaciones se van acabando y es como si una nube ensombreciera todo lo que veo. Sé que no puede ser así, que no puedo organizar mi vida como si el resto del año fuese un paréntesis hasta llegar el próximo verano. No es sano. No soy capaz de controlar la angustia que eso me genera.

Estoy tumbada en la hierba con un vaso de brunello de Montalcino (¡menudo descubrimiento!) y pienso en todos estos días. Apenas he podido leer, apenas he escrito más allá de nombres y lugares que se escabullirán tarde o temprano de la memoria: Campaniles, viccoli, deliciosas trattorie, geranios en las ventanas, gatos atrapados, gatos mentirosos, pueblos encaramados en las colinas suplicando algo de brisa. Todo se desdibuja en un mar de imprecisión e inconsciencia.

Viccolo en Cortona.

Balcón en Sarteano.

Gato en Montepulciano.

Gatos de terracota en Volterra.

Veo a los turistas afanándose en sus guías mientras el sol de la tarde nos abrasa la piel. Busco una fuente y mis ojos van detrás del pasado imperceptible, de un hombre que trabaja el alabastro ajeno a todo lo que sucede a su alrededor, de un lugar donde nacen niños, de voces adolescentes compitiendo por el número de segas (pajas). No hay nada que no me quiera llevar de aquí. Cualquier rincón, cualquier silencio, cualquier ciprés detrás de una curva es un tesoro que ninguna guía me podrá ofrecer.

Huellas de un mensaje de Mussolini.


Escarapelas indicando el nacimiento de dos varones.

Adolescentes en un parque de Volterra



Artesano del alabastro
 
Escaparate de anticuario en Arezzo.

Viejo negocio de Castiglion Fiorentino.

Paisaje de el valle d'Arbia

Detrás de las piedras yacen esos nombres que la historia recuerda: el cardenal Piccolomini en Pienza y yo me fijo en un macellaio (carnicero) cortando porchetta junto al escaparate de su negocio; las brutales luchas de Julio II contra los Borgia y yo saboreo los funghi porcini (setas secas) más exquisitos que probé nunca; la fortaleza de Montalcino recuerda batallas por la supremacía que el tiempo borró y yo veo la sangre convertida en un vino cálido e inolvidable...




Exterior de la Fortaleza de Montalcino.

Interior de la Fortaleza de Montalcino y dos copas de brunello.

Hoy por la tarde una parte del cielo ha empezado a oscurecerse y de pronto una columna  de agua se ha desmoronado sobre un paesino cercano. En el valle contiguo, Siena brillaba bajo el sol. Toda la extensión de campos y viñedos que se ve desde casa aparecía extrañamente oscurecida o iluminada. Varios rayos se encendieron sobre la torre del castillo y la cortina de agua vino avanzando hasta nosotros. Ha sido un espectáculo.

En Toscana se desperezan los sentidos abotargados: el silencio se llena de ruidos inimaginables, los pueblos al atardecer huelen a leña quemada que los pizzaioli echan al horno, el agua de los cocomeri (sandíainunda tus manos, ávidas como niños, en cada valle la Naturaleza ha puesto una vid diferente para conforto del viajero y no hay nada en que poner los ojos que no te haga inmensamente feliz.



Pero aquí el tiempo forma parte de un transcurrir necesario y comprensible, aunque a mí me parezca una dolorosa injusticia. 
Y mi tiempo se ha terminado. 

jueves, 3 de septiembre de 2009

GIORNO SEDICI: IL PALIO

Cualquiera que sea tu camino por las calles de Siena, siempre vuelves a la Piazza del Campo. Y allí están los sieneses.
Los sieneses son hermosos y broncíneos como estatuas clásicas. Sólo van de vacaciones antes de los dos Palios, para estar perfectamente moreneados y lucir con el esplendor que el evento requiere. Se consideran a sí mismos la aristocracia italiana y como tales tienen a gala mantener todas las tradiciones que los distinguen del resto. Una de esas tradiciones es la Corsa del Palio. 


Siena se divide en 17 barrios o contrade, que además de agrupar a gente del mismo espacio físico, tiene mucho que ver con la división medieval de los antiguos gremios de artesanos. Todos los barrios tienen una capilla, un establo y una fuente, además de un nombre y una bandera que engalana sus calles los días en que se celebra de la carrera -el 2 de julio y el 16 de agosto-. Aquí nadie es seguidor de una contrada, aquí se "nace" en una contrada.




Farolas y banderas adornando la contrada de la Tartuca.

Un caballo se dirige, custodiado, a la Piazza del Campo.

Establo de la Torre.

El Palio, además de una carrera de caballos sin montura, es un estandarte que constituye, junto con el orgullo del triunfo, el único premio. Varios días antes se sortean las contradas que correrán ese año, sólo 10 de las 17, por evidentes motivos de seguridad, pues corren alrededor de la Piazza del Campo, previamente acondicionada con tierra.  Los fantini (jinetes) y los caballos también los decide la suerte.

A partir de las tres de la tarde del día señalado, una salva anuncia que aquello por lo que llevan esperando un año entero inicia su camino. Cada contrada sale de su barrio para reunirse delante del Duomo. El espectáculo es indescriptible. Es como si de pronto todos los cuadros del Renacimiento saliesen a pasear por la calle y descubro con estupor que los italianos han nacido para llevar esas ropas. Debajo de sus horribles pantalones pinocchietto (piratas), sus estrambóticas gafas y su palpable macarrez, yace un hombre del Renacimiento.



Los tambores suenan por todas partes, las banderas vuelan y compiten en el lanzamiento más alto, más lejos, más difícil. Te sientes atrapada y el corazón va a cien por hora mientras la muchedumbre te arrastra. Resulta imposible sustraerse a esa efervescencia, a esa pasión, a esa belleza que los sieneses despliegan para su propio deleite. Porque es verdad que la Piazza está hasta los topes de turistas, pero el Palio es una fiesta "de" y "para" los sieneses. Eres invisible para ellos, atentos a sus caballos, a la salida, a los 90 segundos de infarto que decidirán algo más que un triunfo.




Nunca he visto la carrera en la Piazza. Las localidades de asiento están copadas por los lugareños y no creo que merezca la pena pasarse toda la mañana bajo un sol aplanante para 90 segundos. Yo prefiero elegir una contrada al azar y cuando el último rayo de sol abandona la Piazza y empieza la carrera, sumergirme en sus calles abanderadas para vibrar con ellos ante el televisor, escuchar su comentarios nerviosos, sus predicciones, compartir su decepción o su alegría.

Ambiente en la contrada dell'Onda minutos antes de la carrera.

Este año ganó la Civetta (el búho) la jontrada più pijolina  (la contrada más pequeña) que no ganaba desde hacía treinta años.  Es impagable correr hasta el Duomo después de la carrera y esperar ese torrente humano que se acerca precedido del atronar de los tambores, agitando el Palio, abrazándose, con lágrimas en los ojos, con el jinete a hombros y el caballo sudoroso al que todos quieren tocar.
La jiesa é nostra! (la iglesia es nuestra) gritaban jóvenes, ancianos y niños mientras un pasillo multicolor los recibía con honores. Los tambores resonaban imponentes dentro del Duomo, espectacular, hermoso, gigante y esa noche, por unos minutos, más pagano que nunca.


Recibimiento de las contradas a los ganadores

Andrea Baro, detto "Brio" el jinete ganador




Unos inolvidables minutos en los que la jiesa fue absoluto territorio de la Civetta.