
Ha sido una semana muy dura, así que:
Los que quedéis con vida podéis largaros. Pero los miembros son míos, me los he ganado.


Lo único bueno que le veo al otoño es que, junto con la lluvia tristona y gris, suele aparecer en cartelera una nueva película de Woody Allen. Así que exceptuando el paréntesis de la fallida Vicky Cristina Barcelona (nadie es perfecto) esto siempre supone para mí un motivo de regocijo.
Y aunque Boris dirija esta orquesta humana con mala baba y pesimismo, la impresión que nos queda es de un rabioso vitalismo que echa por tierra todos los prejuicicios que nos rodean.
El joven Jude parte de su Liverpool natal hacia Estados Unidos en busca de su padre. Una vez llegado a New York conocerá a Lucy (¿os van sonando los nombres?) y pronto entrará en su círculo de amistades. Estamos en los años 60, viviendo la efervescencia artística del Greenwich Village, las protestas anti Vietnam, la psicodelia, los profetas cósmicos y una azarosa historia de amor entre los protagonistas.
Así de formales, hieráticos y serios posaban en el Ateneo de Sevilla los integrantes de la Generacción del 27. Esta foto, ilustró/ilustra nuestros libros escolares desde el principio de los tiempos.
Declaraciones exclusivas de Georgie Dann para la revista Esquire:

Chicago, años 30. Arthur (Steve Martin) es un vendedor de partituras al que no le van bien los negocios ni la aburrida vida familiar junto a su esposa Joan. Inconstante, inquieto y soñador, Arthur se encontrará en uno de sus viajes con Eileen (Bernadette Peters), una inocente maestra de pueblo que caerá en las redes de su amor eterno. Pero Arthur es también un hombre egoísta y cobarde que olvidará las promesas de amor a cambio de la subvención de su esposa para abrir un negocio.

