jueves, 8 de abril de 2010

BERLÍN, ANTES DEL ANOCHECER (2ª PARTE)

Después de dejar a Laurita en su puesto de bolsos, cruzo por delante e todos esos pastiches de templos griegos, que constituyen la Isla de los Museos, con la tranquilidad de una vagabunda.

Y decido que no entraré en ninguno. Hoy no.

En una extensión de hierba cerca de la catedral asisto a una curiosa reunión.

Grupos de jóvenes vestidos de héroes manga hablan tranquilamente en grupos. Nadie parece extrañarse de nada. Tampoco ellos reparan en mí.

Me asomo al río mientras una barcaza turística con su techo de cristal y cien ojos mirando pasa lentísima. Veo las terrazas vacías en los bares colindantes e imagino un verano más animado, desprendido de esta languidez primaveral. Empiezo a sentir hambre.
Sigo bordeando el río hasta la Bertold Brecht platz. El círculo en el tejado del viejo teatro no deja de girar: Berlín Ensemble. Siento la emoción de estar ante uno de los teatros más importantes e influyentes del mundo.

El animado comedor de la StaV, justo al lado, es todo lo que necesito. Un lugar histórico en el proceso de unificación. Hay mucha gente. El sonido se eleva de murmullo a algarabía. Me resulta extraño, en todas partes reina un silencio mortal.

Mesas corridas, cerveza y codillo.

Salgo a la calle. Chispea un poco. Junto al metro hay un violinista rumano. Le hago una foto y cuando me alejo siento sus palabras clavadas en la nuca. No le he echado propina.

Me encamino al norte hasta llegar a Bernauer Str. Otro lugar donde las huellas de la historia no acaban de borrarse por completo.

No hay soldados disfrazados ni puestos de reliquias a un euro. Permanece en pie la antigua torreta de vigilancia y un trozo gris de muro.

Sólo la pequeña historia de los que vivieron en tierra de nadie.

Busco calles pequeñas, sin solares ni grúas donde la vida me ofrezca alguna esperanza de continuidad. Rosenthaler es una animada excepción. Restaurantes, locales modernísimos, galerías de arte, bicicletas.

Mientras camino voy fijándome en las plaquitas doradas que hay en el suelo. Son los nombres de personas que vivían allí, junto a su nombre está el lugar y la fecha de deportación. Sarah, Ida, Manja, se mezcaln a cada paso con Auschwitz, Dachau...

Me pierdo en los deliciosos patios de Sophie Str, en sus callejas silenciosas.

Todo lo que hoy constituye el encanto exquisito del barrio -sus cafés, sus tiendas- edificado sobre el hacinamiento y la insalubridad de las condiciones de vida de los obreros de principios de siglo XX.


Distingo la cúpula de la sinagoga de Oranienstrasse y me encamino hacia allí. El mismo lugar en el que Einstein tocaba el violín. Hoy permanece cerrrada a cal y canto y dos policías armados vigilan la puerta.

Al lado hay un enorme café en el que entro sin pensar. Me rindo y hundo mi cuchara en el apfelstrudel tibio arrastrando un pellizco de nata mientras cierro los ojos y todos los sabores de la tarde fría, los transeúntes, las bicicletas, la música de Billie Holiday que suena, se deshacen y mezcaln en mi boca.

He estado tanto tiempo en el café que cuando salgo casi ha anochecido. Llego hasta el Kulturimzentrum Tacheless.

Una enorme fábrica abandonada y okupada desde 1990 por un grupo de artistas independientes.

No queda ni un hueco sin graffitis, pegatinas, carteles. En el patio, entre barro y escombros se pueden ver algunas creaciones, formas extrñas, figuras robóticas, zoomórficas. Es como entrar en un jardín del Bosco alternativo y punkarra.

Algunos parroquianos toman cerveza en un patio destartalado, sentados en tablas de planchar recicladas o asientos de coche. Una familia española se fotografía junto a una polla inmensa en la que se lee "Fuck Berlin". Empiezo a tener serias dudas sobre lo que hoy constituye una provocación.

Ha oscurecido por completo y busco un lugar para cenar entre restaurantes coreanos, vietnamitas, turcos, italianos. La elección es clara. El camarero -el hermano italiano de Antony and the Jonhson's- me habla en italiano y yo no lo saco de su error. Me rindo por segunda vez en el día. Pido chianti y todo Berlín se vuelve cálido y dulce.

Entro en el metro que me devolverá al hotel. Una pareja se besa apasionada en el andén.

Llega el tren y los veo despedirse prendidos de la mirada.

Me pierdo en las arterias subterráneas de una ciudad desmañada y fascinante.

lunes, 5 de abril de 2010

BERLÍN, ANTES DEL ANOCHECER (1º PARTE)

¿Spicher strasse? Empiezo el día con una sonrisa.

Los expendedores de billetes no funcionan. Una quiosquera voluptuosa y mullida me vende el tiquet.

Es amable y sonríe todo el tiempo pero en el aleteo de sus manos gordezuelas puedo ver cierto indicio de mutación genética.

Trabajar bajo tierra debe de tener sus efectos secundarios.

Las ventanillas de los trenes tienen estampada la puerta de Brandemburgo. El dibujo de los asientos ha pasado a ser un icono de la ciudad visible en chapas y camisetas.

Papá Noel hojea un catálogo de todoterrenos. Está un poco harto de las manías de los renos y ya no tiene edad para los fríos aéreos.

El hombrecillo parpadeante de los semáforos, Ampelmann, intenta poner un poco de orden en el tráfico de Potsdamerplatz. También puedes llevártelo en una camiseta.

Aire frío, sol tibio. Los modernos rascacielos del Sony Center reciben mis primeros pasos en la superficie. El Film Museum está en uno de ellos. Volveré.

A través de los cristales de la estación de metro veo la primera reliquia del muro.

Jóvenes disfrazados de soldados soviéticos expenden visados de pega con gestos marciales para regocijo de los turistas. Todos quieren una fotografía, todos quieren un visado. Sólo dos euros y te puedes llevar un trozo de muro.

Más allá de la pantomima, la ciudad se empeña en deshacerse de su pasado.

Vendedores sudamericanos ofrecen el atrezzo comunista que completa este burdo sainete.

Eberstrasse es una calle amplia y desgarbada. Con solares y grúas que me producen una ligera desolación. Se suceden los puestos de souvenirs.

Un hombre anuncio ofrece sus salchichas calentitas y olorosas. No sabe el peligro que corre entre las bandadas de irracionales visitantes que lo rodean.

Un antiguo Trabant está aparcado como reclamo de una tienda de camisetas.

La extremidades pilosas de los árboles de Tiergarten me alejan de allí. Un extraño mar de piedra se extiende ante esa vegetación invernal. Es el Monumento al Holocausto.

Me hundo en la dureza de su oleaje hasta perder la referencia con el mundo que me rodea. Los ruidos de la ciudad llegan opacos y lejanos.

Unos niños corretean y ríen jugando al escondite.

Sólo la certeza de que podré salir de allí me mantiene unos instantes más acercándome al infierno.

Un escalofrío me recorre de arriba abajo al enfilar la puerta de Brandemburgo. Puede ser la corriente fría de este marzo despiadado. Puede ser el imposible recuerdo de la historia.

Más jóvenes disfrazados. Más trofeos.

Unter den Linden tiene un nombre precioso. La avenida es un trozo de París, refinada y elegante. Promesas de lujo en el hotel Adler. El brillo de las exclusivas tiendas en el cruce con Friedrichstrasse. El tintineante y acogedor café Einstein. La Universidad Humboldt.

Varios puestos de libros viejos permanecen voluntariosos delante de la puerta de la universidad. Justo enfrente de la Bebelplatz. Justo enfrente donde grupos de fanáticos quemaron esos mismos libros en 1933.

Un extraño monumento subterráneo, con anaqueles vacíos, recuerda una vez más la ausencia de la razón que tan a menudo me asalta en esta ciudad.

Llego hasta el río y nuevas explanadas, más grúas, proyectos sin fin. La catedral parece un recorte. La Isla de los Museos, un conglomerado de templos griegos que decido dejar para otra ocasión en que me sienta menos vaga y menos brutal.

La onmipresente torre de Alexanderplatz asomando por todas partes.

Un mercadillo. Un puesto con nombre divertido. Es Laura. De Medina del Campo a Berlín. Está contenta porque le va bien. Prometo hablar de ella. Un saludo Laurita. Aquí se pueden comprar sus originales bolsos: Clic

CONTINUARÁ...

sábado, 3 de abril de 2010

PRIMERAS IMPRESIONES

Cielo gris. Grandes avenidas. Solares con grúas. Edificios bajos reconstruídos. Rascacielos vanguardistas. El soplo de la historia recorriendo mi espalda como un escalofrío. Postales y trozos de muro a dos euros. Ampelmann. Cerveza. El caos destartalado en cada esquina. Admiración. Graffitis. Mujeres rubias en bicicleta. Hombres abrazados por la calle. El metro ruge en las estaciones de hierro. Checkpoint Charlie. Mercadillos flotando en olores ajenos. Colas que no avanzan. Aire frío. Bufandas. Tranvias. Cafés con olor a apfelstrudel. Nombres judíos salpicando el pavimento... Pocos lugares tan fascinantes como esta ciudad abierta en canal por los hombres.

Mientras deshago mis maletas y para no perder las buenas costumbres, hay un fantástico, único, cinematográfico y espectacular imán -comprado en el mismísimo Film Museum-esperando al acertante de los tres enigmas que siguen:

1. ¿Qué archifamosa película alemana se estrenó en este cine?

2. ¿Quién es la gran dama de la escena que está sola en medio de la plaza con chaqueta gris, pantalón negro y pelo blanco?

3. ¿En qué conocida película alemana sus protagonistas se toman una salchicha en este quiosco callejero?

Podría dar alguna pista más, pero creo que los avezados e inteligentes lectores de este blog darán con las respuestas en un plis plas.