Hace mucho frío. Un aire demoledor se apodera del cuerpo y paraliza los músculos. No sé por qué me gusta tanto esta ciudad complicada y gris.
Gamla Stan, el barrio antiguo, silencioso y fascinante, está situado en una de las decenas de islas sobre las que se asienta Estocolmo. Por todas partes aparecen plazuelas encantadoras, callecitas estrechas y empinadas, fachadas coloreadas y árboles pelados que se alzan hasta cielo


Anochece, pero Gamla Stan se resiste a desparecer bajo las sombras. La luz es plana, gris, sin apenas una leve graduación que te permita adivinar en qué momento del día te encuentras. No acaba de hacerse de noche. Mucho después de ponerse el sol, el cielo aparece azul y resplandeciente. Sigo vagabundeando, soñando quizás con la calidez que se adivina detrás de algunos escaparates, detrás de algunas ventanas que muestran sin reparo la intimidad de sus moradores.
Esta noche mis pasos terminan en el Glydene Freden, un pequeño restaurante de leyenda. Me reconforta el calor que se siente nada más entrar y con el que llevo soñando toda la tarde de vagabundeo gélido. Apenas un susurro llega de las mesas ocupadas en el primer salón. Penumbra, velas y un barman italiano -Paolo- sirve una cerveza mientras preparan mi mesa. Dicen que en este local, los miembros de la Academia sueca suelen reunirse para cenar y que entre plato y plato, copa y copa, van saliendo los nombres de los afortunados merecedores del Nobel.
Paso mis ojos por estas paredes mudas, intentando descubrir algún signo, algún misterio, alguna huella, alguna olvidada conspiración, algún mensaje escondido bajo el impenetrable silencio de la noche.
Ha oscurecido por fin cuando salgo a la calle. Nieva con una delicadeza de cuento y sonrío.



















































