DIMITRIS
Cuando llegué a la plaza Sintagma, mi vista se perdió entre los árboles buscando alguna huella de aquella trágica noticia de abril. Recordaba por los informativos cómo el árbol donde Dimitris se había quitado la vida, se llenaba cada día de mensajes y flores. Pero no encontré rastro alguno. Hasta la indignación y el recuerdo parecían haberse ido de vacaciones. Un poco más arriba, ante el edificio del parlamento, varios soldados Evzones evolucionaban en una ridícula pantomima ante una decena de turistas. La escalinata brillante del Grande Bretagne, uno de los hoteles más lujosos del mundo, ponía coto a la curiosidad de los no elegidos. Es muy posible que ni el eco del disparo llegase siquiera hasta el salón vienés.
Unos metros más allá, una multitud errática llenaba las pequeñas arterias peatonales donde se acumulan las tiendas de moda internacionales. Delante de las grandes cadenas de ropa fueron apareciendo los vendedores ambulantes: mazorcas de maíz, rosquilas, música... anochecía. También en el barrio de Psiri estaban echando el cierre a los negocios y aunque se agradece dejar atrás el chunda-chunda compulsivo y globalizado, tuve la sensación de retroceder en el tiempo de una forma inquietante.
La plaza de Monastiraki, como si fuera un gran desagüe, recogía la voluntad de los que prolongan, sin saber muy bien qué hacer, el inevitable momento de volver a casa: turistas indecisos, descuideros, parejas que se despiden con un recatado acaramelamiento, ancianos que buscan el fresco de la noche, inmigrantes vendiendo relojes falsos, jóvenes atenienses no muy diferentes a los de cualquier parte del mundo haciéndose las mismas preguntas que nos hacemos todos.
El ruido de la música hip-hop ahogaría hasta el sonido de un disparo.














































