martes, 11 de septiembre de 2012

ESTAMPAS GRIEGAS 4


ACRÓPOLIS
Los andamios cubrían el Partenón y más de un turista arrugaba el ceño con cierto enfado, con evidente decepción. Por todas partes se oían los disparos de cámaras de fotos, móviles, tabletas de última generación capturando los trofeos visuales capaces de justificar cualquier movimiento. Atardece. Es imposible visitar estos lugares agrestes a otra hora del día. Nunca había visto un cielo tan inquebrantable, tan azul. Hay piedras por todas partes, templos que no son templos sino reconstrucciones de templos, huecos donde debieron estar los que no están...
Nada de eso importa demasiado. La Acrópolis se yergue sobre una colina con la majestuosidad magnánima y sabia del que se conoce destinado a la muerte. Se eleva sobre los siglos, se refugia en los libros de historia, en los versos de tantos poetas, en la memoria aprendida del antiguo esplendor el arte y  la civilización. 
Desde allí arriba, la ciudad se extiende como una colmena abigarrada que se para en el mar y trepa por las montañas colindantes. El humilde barrio de Anfiotika, con sus encaladas fachadas andaluzas, los aromas de Plaka llamando al placer urgente de la cerveza helada, el arco de Adriano sobreviviendo en medio del tráfico, el teatro de Dionisio...










Unos enormes perros con las llaves colgadas del collar hacen la función de vigilantes, acompañan al portero que, con prisas y sin miramiento, va expulsando a los turistas rezagados. He leído en alguna parte que son perros vagabundos que el ayuntamiento de Atenas ha adiestrado para esa función. Son grandes, de mirada vidriosa y fiera, aunque parecen inofensivos. Vamos saliendo todos, remolones y tercos, apurando la última mirada sobre el atardecer de la Acrópolis. El portero echa la llave a la verja de entrada, como si con un pequeño gesto cotidiano pudieran cerrarse tantos siglos de historia.
Sonrío pensando que en la soledad de la noche calurosa, mientras los humanos nos convertimos en un mar de voces anónimas dentro de cualquier taberna, los perros se salvan de su maldición y caminan entre las ruinas con la mirada melancólica y orgullosa de los filósofos antiguos.


martes, 4 de septiembre de 2012

ESTAMPAS GRIEGAS 3



DIMITRIS
Cuando llegué a la plaza Sintagma, mi vista se perdió entre los árboles buscando alguna huella de aquella trágica noticia de abril. Recordaba por los informativos cómo el árbol donde Dimitris se había quitado la vida, se llenaba cada día de mensajes y flores. Pero no encontré rastro alguno. Hasta la indignación y el recuerdo parecían haberse ido de vacaciones. Un poco más arriba, ante el edificio del parlamento, varios soldados Evzones evolucionaban en una ridícula pantomima ante una decena de turistas. La escalinata brillante del Grande Bretagne, uno de los hoteles más lujosos del mundo, ponía coto a la curiosidad de los no elegidos. Es muy posible que ni el eco del disparo llegase siquiera hasta el salón vienés.




Unos metros más allá, una multitud errática llenaba las pequeñas arterias peatonales donde se acumulan las tiendas de moda internacionales. Delante de las grandes cadenas de ropa fueron apareciendo los vendedores ambulantes: mazorcas de maíz, rosquilas, música... anochecía. También en el barrio de Psiri estaban echando el cierre a los negocios y aunque se agradece dejar atrás el chunda-chunda compulsivo y globalizado, tuve la sensación de retroceder en el tiempo de una forma inquietante.






La plaza de Monastiraki, como si fuera un gran desagüe, recogía la voluntad de los que prolongan, sin saber muy bien qué hacer, el inevitable momento de volver a casa: turistas indecisos, descuideros, parejas que se despiden con un recatado acaramelamiento, ancianos que buscan el fresco de la noche, inmigrantes vendiendo relojes falsos, jóvenes atenienses no muy diferentes a los de cualquier parte del mundo haciéndose las mismas preguntas que nos hacemos todos.




El ruido de la música hip-hop ahogaría hasta el sonido de un disparo.

 

sábado, 1 de septiembre de 2012

ESTAMPAS GRIEGAS 2



PLAKA
La noche de Atenas recibe siempre con un cálido abrazo. Bajando la colina de la Acrópolis se percibe una euforia invisible, contagiosa y alegre que se extiende por las abigarradas calles de Plaka. La brisa de oriente asoma la cabeza llena de flores por encima de las tapias de las casas. Hay tantas flores por todas partes: matorrales blancos o púrpuras estallan hasta en el callejón más triste. Olivos, acacias, jazmines... se convierten en los personajes mudos de un paisaje irrepetible. En cualquier esquina puede aparecer un rincón especial, un pequeño restaurante solitario alejado del fragor turístico. En cualquier dirección hacia la que dirijas tu vista aparecen infinitas huellas de un pasado remotísimo que es fácil reconocer.






Huele a souvlaki, a kebab, a leña quemada, aunque a veces, todo se lo lleva un tierno aroma de canela... La música sale del interior sofocante de las tabernas y se mezcla con mil algarabías humanas. Una música ratonera, de fiesta, que puede convertirse unos metros más adelante en el melancólico acento del bouzouki acompañando una voz desgarrada y triste. Tiendas de artesanía, de ropa, anticuarios llenos de reliquias falsas conviven con joyerías de lujo, peleterías de dudoso gusto y negocios inclasificables.







La calle Pandrossou es, efectivamente, fea y vulgar.  Está llena de mercachifles y huele a cuero de zapatos y a cocina, como dijo el poeta. Aunque también en ella es terriblemente fácil dejarse arrastrar y amar la vida.





Y después de una tarde sofocante, sentarse en la calle Adrianou a la sombra de un árbol, tomar una cerveza griega con aceitunas negras, elevar la vista hacia la Acrópolis y sentir, por un instante, que de todos los lugares donde el mundo se muestra hermoso e insólito, tú estás en uno de ellos.


jueves, 30 de agosto de 2012

ESTAMPAS GRIEGAS 1






Llevadme ante el marmóreo farallón de Sunión,
donde nadie, salvo yo mismo y las olas,
pueda oír nuestros mutuos murmullos.
LB
 LORDOS VEERON
El atardecer se hizo esperar. Bajo el calor asfixiante y sin árboles en los que cobijarse, acercarse a las rocas del acantilado era la única posibilidad de recibir algo de brisa. El mármol blanco del templo de Poseidón se alza en un montículo que recibe, con el privilegio propio de las divinidades, hasta el último rayo de sol. A la derecha, una pequeña bahía llena de veleros fondeados, una playa ordenada y discreta. Más allá, el perfil borroso de algunas islas y el horizonte limpio que rompe la ilusion de continuidad: azul inmenso el cielo, azul infinito el mar.


En una de las columnas de este templo, Lord Byron escribió su nombre, impresionado por la inaprensible belleza del lugar. Es imposible acceder al interior y aunque desde lejos pueden leerse los nombres de otros viajeros que, como él, quisieron tocar la inmortalidad, fechas y nombres se confunden bajo la erosión del aire enloquecido de los siglos. Tuve que volver una segunda vez para descubrir tan pequeño e ilustre graffiti.




Pienso en Byron arrastrando su pierna tullida hasta la escarpada cima de cabo Sunión, imagino el alivio de la brisa en su frente sudorosa, veo lo mismo que él vio, tal vez poco antes de contraer las fiebres que acabaron con su vida. ¿Recordaría este lugar en su lecho de muerte? ¿Aliviaría en algo su dolor la evocación de esta luz, de este mar? El láudano y las medicinas deformaron tanto su cuerpo que cuando el féretro llegó a Inglaterra, sólo al desenvolver su pie deforme, pudieron reconocerlo. Muchos griegos llevan hoy el nombre del poeta y su corazón permanece enterrado en Messolongi.






El silencio reverberante del mar, el canto enloquecido de los grillos, el picoteo desordenado de varias perdices que paseaban entre las piedras, la luz amarilla del sol deslizándose hacia la noche, la luna diminuta en el cielo deshabitado... 


... todo esa tarde formaba parte de algún tipo de estado imperecedero, algún tipo de extraña eternidad que posiblemente jamás comprenderé.