miércoles, 3 de abril de 2013

MIQUIÑO MÍO


Es posible que abril deje de ser el mes más cruel por un tiempo. Llega con más lluvias y un frío en el que cuesta imaginar la primavera, pero también llega un sueño que huele a papel recién estrenado. El sueño tiene un nombre: Miquiño mío. Cartas a Galdós y lo firma Emilia Pardo Bazán. La editorial Turner le ha dado cuerpo con mimo y entusiasmo haciéndolo realidad.
A lo largo de más de tres décadas, doña Emilia y Galdós intercambiaron una abundante correspondencia, llena de admiración y respeto en sus inicios, de intensa pasión amorosa durante unos años y de incondicional amistad hasta el final de sus días. Juan Manuel Hernández y yo hemos reunido y ordenado 93 cartas que dan testimonio de la personalidad y el genio de una de las escritoras más prolíficas y brillantes de nuestra literatura. Testimonio del transcurso inevitable de la existencia, "tembloroso recuerdo de un tiempo que se fue"... 
El resto es literatura.

lunes, 1 de abril de 2013

viernes, 22 de marzo de 2013

COMO SI NADA FUESE VERDAD




Recuerdo
también, en una hermosa tarde
que regresaba a casa… Una mujer
se desplomó a mi lado replegándose
sobre sí misma, silenciosamente
y con una increíble lentitud –la tuve
por las axilas, un momento el rostro,
viejo, casi pegado al mío.
Luego, sin comprender aún,
incorporó unos ojos donde nada
se leía, sino la pura privación
que me daba las gracias.
Me volví
penosamente a verla calle abajo.
No sé cómo explicarlo, es
lo mismo que si todo,
lo mismo que si el mundo alrededor
estuviese parado
pero continuase en movimiento
cínicamente, como
si nada, como si nada fuese verdad.
Cada aparición
que pasa, cada cuerpo en pena
no anuncia muerte, dice que la muerte estaba
ya entre nosotros sin saberlo.
Vienen
de allá, del otro lado del fondo sulfuroso,
de las sordas
minas del hambre y de la multitud.

(Fragmento de Los Aparecidos. Gil de Biedma)

martes, 12 de marzo de 2013

INVIERNO


Todos los días conduzco a través de un indescriptible paisaje industrial. Siempre me acompaña un tren que se aleja silencioso, envuelto en nostalgia de viaje. Siempre el mismo hombre de las muletas, de la pierna amputada, del chándal barato que fuma en la puerta de un mísero bar. Compruebo que siguen las dos ecuatorianas en la parada del autobús, que llevan sus bolsas de plástico en las que guardan la bata y las zapatillas con las que trabajan en las casas de los ricos, más allá, mucho más allá de las grúas y las casas baratas. Atravieso barrios humildes de ventanas pequeñas y ropa tendida ¿por qué los ricos no tienden la ropa?. 
Llego a mi trabajo, en un edificio público y despintado que se erige como un barco varado en la cima de una montaña. Un barco expuesto a la ventisca y el aguacero que nunca va a ningún sitio. Levanto la persiana y compruebo el estado de las islas como si leyera en un parte médico o en los posos del café o en una carta antigua y desvaída. Algunas veces las islas se recortan sobre el horizonte recibiendo misteriosos rayos de sol o se evaporan entre la niebla como si no hubiesen existido nunca. Me pego al cristal hasta distinguir al menos la parpadeante luz del faro e imagino un día lejano, perfumado, día de  arena y sol. Y me lanzo al trabajo como a un pozo sin fondo, sin pensar y sin sentir, cuando se piensa y se siente a cada instante. 
Una vez más observo el espectáculo de la vida. Porque tal vez sea esto, un sucederse de las estaciones y el único secreto posible es que detrás del silencio y la lluvia habitan hermosos, cálidos, emocionantes, sorprendentes e inesperados paisajes. 

domingo, 3 de marzo de 2013

ESE TOQUE


Todavía recuerdo el día del funeral de Lubitsch. Willian Wyler y yo llevamos el féretro y, cuando nos alejábamos, dije: "Nos hemos quedado sin Lubitsch". Y él replicó: "Peor aún, nos hemos quedado sin las películas de Lubitsch". Cuánta razón teníamos. Desde entonces, todos hemos tratado de encontrar el secreto.
Billy Wilder

lunes, 4 de febrero de 2013

JAVIER


Javier es muy pequeño, demasiado pequeño para su edad. Aunque acaba de cumplir los quince, su tamaño no supera al de un niño de nueve o diez años. Toda su ropa, en cambio, es enorme y desproporcionada: los pantalones que arrastra a duras penas por los pasillos, las sudaderas que se le descuelgan de los hombros y le tapan las rodillas... parece que todo él estuviese menguando en lugar de crecer.
Su mesa es la más desordenada de la clase. Libretas, libros y hojas sueltas mantienen un difícil equilibrio en el pupitre hasta que inevitablemente se precipitan hacia el suelo una y otra vez. Entonces Javier pide perdón, te mira con sus ojos pequeños y negros -siempre muy abiertos- y recoge con torpeza todas sus cosas... una y otra vez.
Nunca sé bien dónde está, aunque su cuerpecillo diminuto ocupe una silla con la misma forma de sentarse, en el borde, de cualquier manera, con la precariedad de quien está de prestado en todas partes y no es capaz de tomar posesión ni del aire que respira. No consigue mantener la atención más de un minuto seguido y cuando se lo haces notar, regresa de no sé qué mundos invisibles musitando un "perdón profe" compungido. Un minuto de pequeña y mísera realidad flota en el aire hasta que Javier, una y otra vez, regresa a algún refugio donde nadie puede alcanzarlo.
Pasa las tardes en la calle, con su skate, rodeado de chicos mayores que han abandonado sus estudios y sobreviven ocupando el barrio, hablando de la última pirueta de un héroe desconocido, sentados en los bancos del parque sobre montañas de tedio y pipas.
Los padres de Javier iban a separarse poco después de que él naciese.  Una tarde en la que, como de costumbre, el rencor y el desprecio iban llenando los rincones de la casa, su padre sufrió un desmayo del que no parecía recuperarse. Un derrame cerebral lo mantiene en estado coma desde entonces. La madre trabaja como limpiadora en un almacén de plásticos y se ocupa del padre de Javier. Un cuerpo inerte por el que imagino no puede albergar ya ningún sentimiento posible. 
Algunos compañeros me dicen que tengo demasiada paciencia con Javier, que es insoportable su actitud ausente, su desorden, que necesita un severo castigo. No sé por qué yo lo imagino siempre  caminando hacia casa al anochecer, naufragando en su ropa, con el skate bajo el brazo, perdiéndose en los callejones del barrio, perdiéndose en esos otros mundos recónditos que le aplazan el momento de entrar en la sordidez de la vida. Incluso pienso si no habrá algo de pequeña rebeldía en el hecho de no crecer, si no será todo parte de un plan premeditado en el que se hará cada vez más y más pequeño hasta desaparecer.
Así que supongo que no importa demasiado si lo dejo vagar un poco por ese mundo paralelo donde estoy convencido de que es un muchacho alto y fuerte, su madre tiene el corazón intacto y su padre lo espera respirando, acodado en la ventana.
Gracias por escuchar una vez más, querida Lula, a tu viejo y cansado profesor.
Lucas Tanner

viernes, 1 de febrero de 2013

SENCILLAMENTE CAE


Lluvia regen pioggia pluie
crea cúpulas vértigos confianzas
sencillamente cae sobre tus hombros
golpea en el paraguas que no puede
sentir que llueve en cuatro en ocho idiomas
se derrama quién sabe en qué mapa de sueños
con bombardeos llantos y sirenas
con recuerdos que empiezan a chorrear
con árboles que piden y no esconden
la mano o rama o pájaro o deseo
con el débil relámpago de nadie
con el trueno que se metió en su nido
llueve con voluntad igualadora
sencillamente cae sobre tus hombros
aquí y en otras tardes otras noches
con estos goterones o con otros
en inviernos en selvas en esquinas
en umbrales en huellas en abrazos
mojando estas caricias o esas muertes
sin escándalo llueve en las palabras
y hasta en el corazón llueve sin ruido
como plomo como alas como labios
llueve besando llueve como grito
en cuatro en seis en ocho en diez idiomas
en veinte o treinta desesperaciones
como cortina llueve o como cielo
sencillamente cae sobre tus hombros.
Mario Benedetti

martes, 22 de enero de 2013

IO SONO LI


Io sono Li es el título de una película italiana dirigida por Andrea Segre. Cuenta la historia de Shun Li, una mujer china que se ve obligada a trabajar en un bar de Chioggia, una pequeña localidad a orillas de la laguna veneciana. Mientras el tiempo pasa, Li sueña con regularizar su situación frente a la poderosa comunidad china que dirige los negocios de la zona y así poder reunirse con su pequeño de ocho años.
Uno de los clientes habituales del bar es Bepi, un viejo pescador de la antigua Yugoeslavia con el que Li entablará una silenciosa amistad.


Dibujar el argumento de esta historia es bien poco comparado con el explícito tesoro de silencios e imágenes capaces de llegar allí donde no llegan las palabras. Es una delicia escuchar el balbuceante italiano de Li abriéndose paso en una lengua que desconoce, el oscuro acento veneciano de los parroquianos del bar, las rimas inocentes en la curtida voz de Bepi, al que todos apodan "el Poeta".
El resto es colocar la cámara en algún lugar de la Laguna y esperar a que atardezca o tener paciencia hasta que la niebla convierta en blanco y negro la magnificencia dorada de los palazzi del Canal Grande.


El resto... una escapada dulce de la soledad. Un viejo pescador de un país que ya no existe comparte su licor eslavo con una mujer china encadenada a una deuda  en medio de una laguna antigua, sabia, hermosa. Metáfora de lo poco que somos: un instante entre soledades y la necesidad de la tibieza del amor en medio del vasto océano.

sábado, 19 de enero de 2013

VARIACIONES PARA UNA TARDE DE LLUVIA

El cinco de septiembre de 1977 la nave Voyager 1 partía rumbo al espacio con la misión de observar Júpiter y Saturno a la vez que intentar reconocer los límites del Sistema Solar.  Aunque, según los científicos, las posibilidades de encontrarse con cualquier tipo de civilización extraterrestre son ínfimas, en la nave viaja un disco de oro para gramófono con sonidos de la Tierra. En ese disco, además de saludos en todos los idiomas del planeta, se incluyen sonidos de animales, del viento, de la lluvia, latidos, risas, pisadas, música... Una de las piezas que lo integran es una grabación de una obra para clave de Bach interpretada por Glenn Gould.
Actualmente el Voyager 1 ha informado que se encuentra a más de 17.000 millones de kilómetros de la Tierra a punto de entrar en el espacio intersestelar.
Se me hace imposible comprender muchas cosas que suceden a mi alrededor así que ya ni me preocupo de imaginar lo que puede suceder en ese infinito silencioso. Tal vez que la música de Bach alcance el centro de sí misma flotando en el espacio inaprensible, entre partículas ardientes y vientos que se estrellan sobre sus propias ondulaciones. Es una lástima que las estrellas no puedan ver también la interpretación de Glenn Gould. 

domingo, 13 de enero de 2013

A ORILLAS DEL EAST RIVER


I

En esta encrucijada,
flagelada por vientos de dos ríos
que despeinan la calle y la avenida,
pisoteada su negrura por gaviotas de luz,
descienden las palabras a mi mano,
picotean los granos de rocío,
buscan entre mis dedos las migajas de lágrimas.

Siempre aspiré a que mis palabras,
las que llevo al papel,
continuasen llorando
-de pena, de felicidad, de desesperanza,
al fin, todo es lo mismo-,
porque yo las había llorado antes;
antes de que desembocasen en el papel blanquísimo,
en el papel deshabitado, que es el morir.
Dejarían en él los ecos asordados, empañados,
de lo que tuvo vida.
Alguien advertiría la humedad de las lágrimas,
lloraría por seres que jamás conoció,
que acaso no es posible que existieran
aunque estuvieron vivos
en el recuerdo o en la imaginación.
Lloraríamos todos por los desconocidos,
los -para mí -difuminados
en la magia del tiempo.

Contra las estructuras
de metal y de vidrio nocturno
rebotan las palabras aún sin forma,
consagradas en el torbellino helado,
y no me hacen llorar.
Yo ya no sé llorar. ¡Y mira que he llorado!


II

Yo ya no lloro,
excepto por aquello que algún día
me hizo llorar:
los aviones que proclamaban 
que todo había terminado;
la estación amarilla diluida en la noche
en la que coincidían, tan sólo unos instantes,
el tren que partía hacia el norte
y el que partía hacia el oeste 
y jamás volverían a encontrarse;
y la voz de Juan Rulfo: «diles que no me maten»;
y la malagueña canaria;
y la niña mendiga de Lisboa
que me pidió un «besiño». 

Yo ya no lloro.
Ni siquiera cuando recuerdo
lo que aún me queda por llorar.

De "Cuaderno de Nueva York" 1998. José Hierro

lunes, 10 de diciembre de 2012

APOCALIPSIS



Según contaba Niccolò Ammaniti, la respuesta que obtenía de sus editores cuando les presentaba una recopilación de sus mejores cuentos desde 1993 hasta el 2012, era invariable: "El momento es delicado". Y ese es el título que abraza finalmente los delirios y las ternuras de su última publicación en Italia. Conocerlo es amarlo.
Traduzco el último relato como aperitivo de los tiempos que se nos avecinan. El momento es delicado, sin duda. No perdamos la sonrisa. Grazie tante Niccolò.

Querida Franci:
Te escribo sobre todo para saber cómo estás tú y cómo están Eris y vuestros maravillosos hijos. Y además quería saber si ahí, en Australia, os ha llegado el apocalipsis. Manu dice que no está claro que haya llegado hasta ahí, vosotros estáis en otro hemisferio y que Australia es un país bastante virgen y que la gente no puede haber cometido el mismo número de pecados que nosotros. Yo creo que es una tontería, no puede haber un apocalipsis a la mitad, parcial. Y además, en la televisión decían que era un problema global. No sólo aquí. Vete tú a saber. De todas formas, espero que a vosotros no os haya llegado todavía y Manu tenga razón. Con Manu sigo peleándome a pesar del apocalipsis. Desde hace un par de años no se hablaba de otra cosa que del apocalipsis que llegaría y que nos moriríamos todos. Sobre todo los expertos, en televisión, tenían cada uno una hipótesis de cómo llegaría. Pero todos coincidían en esa historia de los caballos de colores. El Anticristo llegaría sobre un caballo blanco para anunciar el final de la tierra. Después llegaría un caballo rojo que haría estallar una guerra en toda la tierra y entre todos los países. Después un caballo negro que habría traído hambre y carestía como consecuencia de la guerra. Y para terminar un caballo amarillo, después de veintiún meses, cuando un cuarto de la población estuviese muerta. De estos caballos no hay ninguna noticia, o al menos por aquí, en Pistoia, no se han visto. Tampoco ha habido terremotos y lluvia de meteoritos. Pero el apocalipsis ha llegado. 


Ha llegado así, sin trompetas del juicio para anunciarlo. Me desperté una mañana y comprobé que me dolía todo. Cualquier movimiento, aunque sea doblar un dedo, me duele. Incluso pestañear duele. Un dolor constante que no te abandona nunca. Caminar es casi imposible sin gritar. Es difícil de explicar pero cualquier proceso biológico produce dolor. Incluso el crecimiento de la barba, del pelo o de las uñas. Los dientes están todos irritados. Digerir te deja prácticamante sin aliento, empiezas a llorar. Es como si Dios hubiese quitado a todos los hombres el anestésico que te permite vivir sin sufrir, divertirte, estar en paz. ¿Sabes aquella historia que contaban de las endorfinas que produce nuestro cerebro para hacernos sentir mejor? He comprendido que la carne, las células, la sangre misma sufren para existir y que Dios (y pensar que yo no creía en él) había insuflado sustancias anestésicas que ahora  ha quitado. Ahora, aquí, no tenemos nada que nos proteja y cada segundo es un sufrimiento continuo. Como si nos torturasen veinticuatro horas al día. Follar, perdona si me expreso así, es prácicamente imposible. El otro día tuve una erección y por poco me desmayo. De eyacular ni hablamos. No veo cómo se conseguirá tener hijos. Y las mujeres embarazadas son las que sufren más, todas abortan presas de horribles espasmos. Dicho esto, no quiero parecer dramático exagerado, pasará. Tal vez el Padreterno nos recubrirá de esta droga natural que hacía al vida digna de ser vivida. Es verdad que nuestras drogas no funcionan. Con el LSD, distribuyen gratis todo tipo de droga y anestésico, incluidos heroína y opio. Pero no sirve de nada. Qué extraño, nadie había pensado en este castigo. Es el peor de todos. Todos hablaban. Ahora incluso hablar es imposible. Las cuerdas vocales las usamos sólo para lamentarnos. Ahora debo dejar de escribir, la mano se me está paralizando y los ojos se me empañan, también mirar me hace daño. Por aquí el pequeño Héctor no deja de llorar desde hace un mes y Manu, cuando le da de mamar, debe morder algo con los dientes para no implorar piedad.


Deseo que ahí donde estáis vosotros no suceda lo mismo. Si no os ha sucedido todavía debéis pensar que la vida que vivís es maravillosa, disfrutad de ella cada segundo, respirad a pleno pulmón, corred, besaos, follad.
Te quiero mucho. Ah, no te he dicho que cada latido del corazón es un desafío que me arranca un sutil lamento. Tuo
Filippo

martes, 20 de noviembre de 2012

PREGUNTA


¡Oh, mi yo! ¡Oh, vida!, de sus preguntas que vuelven,
del desfile interminable de los desleales, de las ciudades llenas de necios,
de mí mismo, que me reprocho siempre (pues, ¿quién es más necio que yo, ni más desleal?),
de los ojos que en vano ansían la luz, de los objetos despreciables, de la lucha siempre renovada,
de los malos resultados de todo, de las multitudes afanosas y sórdidas que me rodean,
de los años vacíos e inútiles de los demás, yo entrelazado con los demás,
la pregunta, ¡oh, mi yo!, la pregunta triste vuelve,
¿Qué de bueno hay en medio de estas cosas, oh, mi yo, oh, vida?

Respuesta

Que estás aquí, que existen la vida y la identidad,
que prosigue el poderoso drama, y que puedes contribuir con un verso.

jueves, 1 de noviembre de 2012

MAURO

Mauro es una de esas personas que parece transitar por la tierra como una pluma: de forma ligera, imperceptible. Nada llama la atención en sus ademanes, en su físico, en su forma de vestir y de comportarse. Tiene 17 años y llegó hace un mes de Cuba. Cuando me mira desde sus ojos negros, negrísimos y enormes es como si se abriera un mar oscuro y doloroso que no alcanzo a descifrar del todo. En realidad, Mauro sólo abre esos agujeros negros que lo comunican con el mundo y aprieta los labios impotente. No he logrado arrancarle una palabra. Le pregunto por los deberes, le pregunto si sabe en qué aula tenemos clase, le pregunto por qué no tiene libro, le pregunto qué le sucede, si está bien, si necesita algo y él me responde siempre con su mirada acuosa y nocturna. He intentado averiguar algo entre sus compañeros, pero todos se encogen de hombros con desgana. Nadie le conoce, acaba de llegar y es tímido.
Hace poco supe, por una compatriota suya, que Mauro no quería venir a España. Una reagrupación familiar lo trajo a él, a su hermana y a su madre con apenas lo puesto. En la Habana quedaron todos sus amigos, su novia, los atardeceres del Malecón y algo cálido y dulce que no sabe expresar. Su padre ahora está en el paro. De los cuatrocientos euros que recibe de ayuda, doscientos cincuenta van a parar al alquiler de la casa. Una casa linda, con habitaciones, con puertas, acogedora.
Ayer lo encontré, perdido, como siempre, en la oscuridad de su silencio. Lo llevé a la biblioteca y se dejó arrastrar, manso y triste. Le enseñé los libros, las películas, los ordenadores, las revistas, los cómics... Creí que no había entendido nada, que los sonidos resonaban en su cabeza como una música incomprensible. Pero me equivocaba. Mauro abrió su ojos excesivos y musitó a duras penas: Gracias.
Nadie, nadie se merece que la miseria le arranque el don de la palabra.
Un abrazo, mi querida Lula, de tu viejo profesor
Lucas Tanner

lunes, 29 de octubre de 2012

PUERTAS

Mi profesora de literatura se llamaba Nieves. Recuerdo su risa, su gesto de falso enfado cuando le discutíamos algo. Recuerdo que le discutíamos mucho y ella se dejaba, que ocupábamos por aquel entonces un aula diminuta y fría en un colegio bien triste y mezquino. Recuerdo que sus palabras pintaban puertas en el aire, puertas por donde escaparse a otros mundos menos mezquinos y menos tristes. Hoy es el aniversario de la muerte de Alberti, su poeta preferido. Compruebo al releer sus versos, cómo ahora son sus poemas los que pintan las puertas por donde asomarse a la memoria. Los ángeles muertos al borde de los precipicios y mi asombro adolescente ante la poesía surgida de la podredumbre y la rabia. Los jinetes galopando hacia el mar, la inutilidad de las palabras cuando tanto se sufre sin sueño y por la sangre, el viejo poeta entrando en aquel primer parlamento de la recién estrenada democracia... ¿quién aquél? el tonto de Rafael.
Aquellas clases con la impaciencia de la vida esperándome a la salida. Este maldito otoño... y  siempre, siempre, la misma impaciencia de la vida esperándome en primavera.


Nos dicen: Sed alegres.
Que no escuchen los hombres rodar en vuestros cantos
ni el más leve ruido de una lágrima.
Está bien. Yo quisiera, diariamente lo quiero,
mas hay horas, hay días, hasta meses y años
en que se carga el alma de una justa tristeza
y por tantos motivos que luchan silenciosos
rompe a llorar, abiertas las llaves de los ríos.
Miro el otoño, escucho sus aguas melancólicas
de dobladas umbrías que pronto van a irse.
Me miro a mí, me escucho esta mañana
y perdido ese miedo
que me atenaza a veces hasta dejarme mudo,
me repito: Confiesa
grita valientemente que quisieras morirte.
Di también: Tienes frío.
Di también: Estás solo, aunque otros te acompañen.
¿Qué sería de ti si al cabo no volvieras?
Tus amigos, tu niña, tu mujer, todos esos
que parecen quererte de verdad, ¿qué dirían?
Sonreíd. Sed alegres. Cantad la vida nueva.
Pero yo sin vivirla, ¡cuántas veces la canto!
¡Cuántas veces animo ciegamente a los tristes,
diciéndoles: Sed fuertes, porque vuestra es el alba!
Perdonadme que hoy sienta pena y la diga.
No me culpéis. Ha sido
la vuelta del otoño.
Rafael Alberti