lunes, 16 de septiembre de 2013

APUNTES SICILIANOS 3


Bagheria
Villa Palagonia, o Villa dei monstri, es una mansión extraña llena de estatuas de caballeros, animales, músicos, quimeras y monstruos de piedra. Escalinatas retorcidas, salas decoradas con frescos o espejos inquietantes que deforman la figura del que los mira, forman parte de su extraño encanto. Se llega allí, tirando del hilo de Ariadna. Primero tirando del Viaje a Sicilia con un guía ciego, de Alejandro Luque y descubriendo que el misterio del título es un porteño llamado Borges. Después, tirando del ciego y la emoción que comparte con María Kodama al pisar las mismas salas que pisó Goethe. Y así, tirando tirando se llega hasta el origen mismo del gran tour, el Viaje a Italia del ilustre alemán. Hablo de libros, claro. Siempe digo que cada uno de nosotros lleva el viaje dentro: lo que ve, lo que encuentra, lo que busca… está ya en el equipaje antes de partir.




No le gustó a Goethe. Le pareció el delirio de una mente enferma, con  gusto repulsivo, de una vulgaridad insoportable y con un resultado artístico ni siquiera fruto del capricho excéntrico sino de la casualidad más tosca. Se sintió incómodo recorriendo la columnata de monstruos hasta la entrada, malhumorado al sentarse en las sillas con patas desiguales y casi diría que ansioso por marcharse. Y sin embargo, es un gustazo leer la malévola inquina con la que describe los sátiros alados con cabeza de mujer, la puntillosidad con que perfila los contornos del palacio para convencernos de su horror.




En 1984 el fotógrafo Ferdinando Scianna retrató a Borges en Villa Palagonia. Está sentado en un banco de piedra, con el gesto extraviado del que ha perdido hace tiempo las referencias físicas del mundo. Me pregunto si Borges necesitaba realmente moverse de Buenos Aires para viajar. ¿Por qué querría llegar hasta aquí, pasear por estos salones vacíos, por estos senderos de grava? ¿Acaso podía encontrar algo más de luz en esta brisa tenue que recorre los jardines que en las palabras de Goethe?

La Villa, mordisqueada por el tiempo, la especulación urbanística o vete a saber qué, ha sido engullida por una de las arterias centrales de Bagheria. No hay ni rastro de la columnata de entrada que tanto indignó al Goethe ni de los extensos jardines que la rodearon. Figuras insólitas coronan los muros que rodean la propiedad sobre un fondo de antenas de tv, casas desconchadas y balcones con ropa tendida. Unas construcciones bajas abrazan en forma de semicírculo al edificio central. Música de radio, una sombrilla multicolor sobre una mesa de jardín, un niño correteando recriminado por la voz de su abuela, una manguera abandonada en el suelo… me reciben al traspasar la verja de entrada custodiada por dos enormes enanos. La villa no es muy grande, ni encuentro nada sobresaliente en sus salones vacíos y algo polvorientos, aunque resulta agradable el silencio, el ambiente atemporal de cascarón hueco, la sombra de los árboles supervivientes. Sobre el dintel de una puerta que da paso a la sala de los espejos leo: Magnificenza singolar contempla, fralezza mortal l’imago espressa. Algo así como: contempla la singular magnificencia de este lugar en el que verás reflejada toda la fragilidad del ser humano.
No dejo de pensar en Borges, sin poder ver ni verse en estos espejos, sin poder complacerse en los infinitos Borges que lo rodearían como en el enigma del mejor de sus cuentos.




Busco el banco de piedra en el que sé que se sentó. Un hombre en pantalón corto y cannotiera lee el periódico. Me parece una imagen divertida que rompe con la solemnidad literaria que me ha llevado hasta allí e intento robarle una fotografía. Pero el hombre, alertado por el ruido de mis pasos sobre la gravilla, asoma la nariz por encima del diario y me recrimina con aspereza. Finjo que mi interés está en el busto que hay a sus espaldas, le muestro mi foto amputada y él gruñe malhumorado ma questo non ha valore, signora. Me encojo de hombros y sigo vagabundeando por el jardín un rato más. Creo que el hombre del periódico no comprende del todo que las cosas más valiosas, nunca son cosas.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

1973



Mi recuerdo son imágenes confusas de un palacio ardiendo, mucho humo y tanques, voces alteradas, desolación en algunos, indiferencia en otros. Todo en blanco y negro como era el mundo entonces, al menos, el que se veía a través de nuestro Philips. Era septiembre, eso sí lo recuerdo, porque observaba expectante el declive del verano con mis libros forrados, las libretas de anillas y el olor de la goma Milán recién comprada. Yo iba a un colegio de monjas y aunque no llevaban  hábito y cantaban en misa eso de “busca la respuesta en el viento”, eran monjas al fin y al cabo. Nos obligaban a ir a esas misas todos los viernes y nos hacían bailar sardanas en el recreo para que no armásemos demasiada bulla.
Aquel principio de curso llegó la señorita Elia. No podría decir que mi vida dio un vuelco al conocerla, pero sí que su presencia insuflaba algo de color a aquellas aulas mortecinas. Era muy joven, vestía con vaqueros, hablaba muy despacio y jamás se alteraba por nada. Puedo verla, siempre de pie, apoyada en la mesa, con el libro en una mano y la otra en el bolsillo. Sé que en aquellos primeros días sólo intentaba conocernos, saber de nosotras, ver cómo estaba el nivel de la clase que tendría a su cargo el resto del curso. Nos preguntaba por nuestros gustos, se interesaba por nuestras pobres lecturas e incluso se atrevió a indagar si sabíamos qué estaba pasando en Chile. Quizás ahora puedo decir que durante aquel curso, de ese modo suave y moderado que imponía Elia a sus clases, fui encajando poco a poco las piezas del mundo.
Quién sabe por qué mecanismo extraño de la mente, cada septiembre, cuando se acerca mi cumpleaños recuerdo a Allende y a la señorita Elia como si fueran una pareja literaria y magnífica, un regalo inexplicable.  Recuerdo un aire fresco y agradable que atrapaba las primeras hojas del otoño en la Avinguda del Carrilet, recuerdo a los chicos del instituto que pasaban por delante del colegio riéndose de nosotras, recuerdo el edificio sin gracia de aquel instituto -un antro de perdición a decir de las monjas- pero al que todas soñábamos con ir. Recuerdo los sueños, las previsiones de la vida, el mundo por estrenar, el pensamiento por escribir, la maleta por hacer…
Perdonad si me he puesto algo nostálgica, pero creo que son ya demasiados años los que voy a cumplir dentro de poco.

martes, 3 de septiembre de 2013

APUNTES SICILIANOS (2)


Siracusa
Un estallido blanco entre dos azules: el mar y el cielo nítido y plano. Alguna cúpula, alguna tapia con jazmines, alguna fachada amarilla más y podría estar en Cádiz. Callejeo por la Ortiglia bajo las volutas barrocas de sus infinitos balcones llenos de hierbajos. En la Chiesa de S. Lucia hay un Caravaggio. En la Piazza del Duomo, desierta bajo el sol de mediodía, Flavio y Danielle tocan el acordeón. Como en una tavola calda con mesitas a la sombra de un teatro: empanada, arancini y birra Moretti helada.
Hay cierta dejadez en las calles que choca con la belleza inmaculada del paisaje. El tiempo ensuciando el sueño de algún arquitecto cartesiano. Un hombre sentado a la puerta de su negocio de souvenirs me sigue con la mirada mientras paso. El calor oprime el cuerpo y me envuelve en un manto húmedo. Camino por las calles en el atardecer que tiñe el cielo como en un cuadro renacentista. Es Sicilia. Es Italia.


















sábado, 31 de agosto de 2013

SEPTEMBER


- ¿Bailas?
- Soy un patoso
- Eres científico, estudias el universo... podrás entender un foxtrot.
Woody Allen

    

lunes, 26 de agosto de 2013

APUNTES SICILIANOS (1)



STROMBOLI
Hay lugares que poseen la sonoridad de los sueños. Poco importa que el despertar de ese sueño no responda siempre a las expectativas que año tras año hemos ido alimentando con tozuda premeditación: Cefalú, Palermo, Stromboli…Ninguna realidad puede estropearnos el placer de seguir pronunciando las sílabas de lo desconocido.
Stromboli suena a lugar remotísimo y olvidado, a trueno, a rugir marino, a ira de la tierra. Pero también es una bellísima Ingrid Bergman huyendo a través de un laberinto de casas blancas y desoladas. He vuelto a ver la película a mi regreso de Sicilia y sólo recordaba una escena en la que, remangada su falda hasta el muslo, se mete en el agua siguiendo a unos niños. Es tal vez la única escena en que se la ve feliz. Si en 1950 Stromboli podía ser la metáfora de la Italia de posguerra o incluso la de la propia existencia perdida -como la Bergman- en las cumbres de un volcán implacable, me pregunto si puede la Stromboli de hoy ser metáfora de algo.










La mini crociera anunciaba una giornata indimenticabile en las islas Eolias con escala en Panarea, Stromboli by night y maccheronata incluída . Salimos al mediodía del puerto de Milazzo el mismísimo día de ferragosto contraviniendo casi todos los preceptos de la italianità que define ese día más como un estado mental que como una fecha. Ferragosto, es decir, chiuso per ferie, encefalograma plano, suspensión de toda actividad humana y divina.
Pero el diablo nunca duerme y el puerto de Milazzo era un hervidero de mochilas, neveras, ombrelloni, pamelas, balones y pareos multicolores. El calor aprieta en cubierta, no hay una sola nube en el cielo. El mar, estremecedoramente azul, se mece con suavidad y al zarpar un remolino de aire cálido se instala zumbando en los oídos.





Llegamos a Stromboli al atardecer, después de una olvidable escala en Panarea. Durante el trayecto, el barco se ha ido acercando a pequeños islotes de lava solidificada con formas caprichosas, embarcaciones de recreo fondean en sus calas inaccesibles. Navegamos al lado del volcán en la vertiente desgastada por donde desciende la lava hasta el agua. Un humo blanquecino envuelve la cumbre.
Toda la isla es negra, desde la playa de redondeados guijarros hasta los caminos de tierra que se internan entre las chumberas. Los escasos nativos, los veraneantes, el tiempo… han dulcificado el inhóspito paisaje. Fachadas encaladas salpicadas de flores, silenciosos patios donde recogerse del calor, pequeños hotelitos limpios como promesas han acabado por conquistar el territorio al abandono. 







Anochece ya y el barco nos engulle como una ballena en cuyo interior humean gigantescas cacerolas de macarrones. Tal vez la vida sea escasa a propósito, como decía Biedma, y aquí en lugares como Stromboli es donde esa escasez resulta más insoportable. El tramonto, casi imperceptible, ha ido coloreando el cielo de un azul más y más profundo. El barco está varado delante del volcán, algunas barquitas se acercan también con las luces encendidas. Somos todos tan pequeños, tan frágiles. No se oye nada en cubierta, sólo el chapoteo del agua contra el casco y alguna que otra exclamación de júbilo cuando el cráter explosiona y una masa rojiza se desliza por la ladera con extrema lentitud.
A pesar de que el aire ha enfriado quiero quedarme en cubierta en el viaje de regreso. Quiero ver si es Stromboli la que se aleja desapareciendo en la noche o soy yo la que se marcha con la escasez de la vida sobre los hombros.