Cerrando la via Montibello como una mordaza de piedra y hierro se encuentra el cementerio hebraico de Ferrara. Hay que llamar al timbre para que una anciana de pocas palabras te abra la puerta, te lleve hasta una habitación escasamente amueblada y te haga firmar en un registro amarillento. En la misma mesa, se amontonan varias kippas manoseadas que los hombres deben ponerse para visitar el recinto. Un gato negro yacía en un banco al lado de un ramo de flores. Creo que resucitó al ruido de mis pasos.

El cementerio es un lugar abandonado a merced de lagartijas y malas hierbas. Un lugar solitario que no habla ni pide ni testimonia más que el paso inexorable del tiempo, el olvido.
Lápidas desdibujadas, piedras resquebrajadas, mausoleos de verjas vencidas y oxidadas muestran la inclemencia del destino humano. Quizás aquí es inevitable pensar en los cientos de judíos ferrareses que jamás pudieron ser enterrados, ni aquí ni en ningún sitio.




Sin duda estuve en ese cementerio buscando, como siempre, la literatura de la vida, las huellas de seres que no existieron aunque sintieron y vivieron en la realidad de este mundo. Los Finzi, los Contini, se pudren bajo lápidas melancólicas levantando el eco de pasiones fascinantes en la imaginación de los vivos. Aquí también la tumba de Bassani, solitaria, triste en su diferencia y su aislamiento, cubierta de piedras, de una pluma que algún anónimo visitante colocó en una esquina.



Salgo con la boca seca en busca de un trago que me aferre a la vida, con la pequeña emoción de creer que, a pesar de todo, hay formas de permanecer en el corazón de los hombres más allá de cualquier dios.


















