sábado, 3 de septiembre de 2011

FERRARA 5


Agoto mis últimos días en Ferrara descubriendo el interior de sus palacios.
La rocosa fortaleza estense, que se alza con armonía inexplicable y sólida en medio de la ciudad. Allí, desde las mazmorras más crueles a la fantástica delicadeza de Leonello, de los patios adornados con naranjos a las intrigas de Lucrecia Borgia.

El Palazzo Diamante se queda con mi admiración a su exterior picudo y extraño. La Pinacoteca Nazionale (cristiana) acaba mareándome: vírgenes con gesto resignado y rubicundos niños de cara viciosa, mártires con los ojos en blanco y miembros seccionados, me producen, de pura saturación, una repugnancia insoportable.

Camino hacia el Palazzo Schifanoia para ver los frescos de la Sala dei Mesi. Por fin unos frescos paganos, alegorías amorosas, el trabajo del hombre, el inevitable fluir de las estaciones, el tiempo y la vida.

El palazzo era un horno vaporoso pero los frescos merecían la pena. Siempre pienso, ante los retratos de los grandes señores que penden en la entrada de estos palacios, en las grandes familias de otro tiempo. Acabaron disueltas en intrigas, crímenes o guerras, pero tuvieron tiempo, gusto y dinero para rodearse de toda esta magnificencia. ¿Lo valorarían con la misma admiración que lo miro yo ahora? ¿quedarían absortos con la mirada prendida en los altos soffiti o pasarían rápido hacia el salón de los banquetes apurados en mil detalles cotidianos? ¿Fueron estos salones índices de su vanidad, de su poder o quisieron realmente rodearse de belleza?
El palacio tenía un jardín posterior con una pequeña edificación convertida en ostería. Las mesas de madera bajo los árboles, la sombra benefactora, las estatuillas y antigüedades repartidas por la fachada... todo invitaba a hacer un alto en el camino. El camarero, un chico alto y corpulento, entraba y salía atendiendo con tranquilidad, llevaba los pies descalzos. Del interior salía una música fantástica de blues.
El conjunto resultaba extraño, inclasificable, seguramente como todas las cosas que nos vapulean, que nos despiertan y nos dicen que hay que mantenerse alerta en el caos fantástico y cruel en el que se convierte el mundo algunas veces.

Cuanto más leo, cuanto más viajo, cuanto más observo o experimento, más creo que es imposible encontrar un orden, una lógica a las cosas. Destellos de belleza, sentimientos generosos, vendavales del alma, azar o suerte, todo llega y cuando llega hay que cogerlo sin más. Recibirlo como ese trago fresco de cerveza que se convirtió en magia, un día cualquiera de agosto, en el jardín de un hermoso palacio italiano...

jueves, 1 de septiembre de 2011

FERRARA 4


Una vez leí que el ferragosto en Italia, más que una fecha, es un estado de ánimo. El mundo desaparece, las personas, la vida, todo adquiere un aire retráctil y huidizo. Al atravesar Ferrara en bicicleta me pregunto si estoy en el secreto de las cosas, si habrá sucedido una hecatombe nuclear mientras dormía y soy la única habitante sobre la tierra.

Sólo queda emprender el camino hacia el río en busca de algo de brisa y algún vestigio de civilización. La llanura del paisaje padano se extiende ante los ojos hasta rozar la exasperación, aunque al poco tiempo de pedalear agradeces la suavidad de sus caminos, el día nublado y la melancólica quietud de sus arboledas. Por momentos creo oír una débil música y la voz bronca de Olmo Dalcò.

El Po es un río inmenso y amarronado, el color de la tierra impregna sus aguas turbias y la poca profundidad va dejando arenales, meandros de barro y hierbas. Todo adquiere un aire pantanoso e insalubre y no resulta difícil imaginar las nieblas invernales.
A lo largo de sus orillas había algunas barcazas amarradas, restaurantes flotantes y pequeñas embarcaciones de pesca con sus cañas clavadas en la proa.

De vuelta a casa, sólo el anochecer es capaz de romper el maleficio. El tenue murmullo de la piazza se va convirtiendo en risas, conversaciones y voces humanas que avanzan hacia la vida como la corriente imparable del Po.

martes, 30 de agosto de 2011

ESCAPADA 1: BOLOGNA


Bologna es roja. Estalla en cada esquina en miles de tonalidades ocres, amarillas, terrosas. Duerme. Se repliegaba sobre sí misma en una mañana de canícula sofocante.
El reloj de la estación, detenido en la hora fatídica, diez y veinte, de un 2 de agosto del 80. Graffitis, carteles superpuestos, bicicletas amontonadas parecen restos de batallas olvidadas.
Bologna, la ciudad de los soportales, de las torres defensivas, de las librerías, de la universidad más antigua de Europa. Ciudad de bisbiseo bibliotecario y puertas clausuradas. Ciudad de sombras escondidas, relojes parados y sabiduria campesina.
Bologna: vacía y poderosa.