
Acabo de tragar, todavía lo siento en el esófago, la segunda entrega de Larsson, y creo que esperaré un tiempo antes de zamparme la tercera. Soy de digestiones lentas.
Resulta difícil hablar de un libro sobre el que prácticamente se ha dicho todo. Es como hablar de Michael Jackson.
Ejércitos de seguidores se lanzan en plancha sobre las torretas de ladrillos larssianos que erigen los libreros en el lugar más visible del garito.
Ejércitos de detractores, muchos de los cuales se vanaglorian de no haber caído en sus garras, machacan y escupen sobre la saga nórdica.
Supongo que unos y otros tienen su parte de razón.
No me gusta cómo escribe Larsson y no creo que sea un defecto de la traducción. Su estilo es pobre, ramplón, repetitivo, además de empeñarse en darnos el nombre del modelo y número de serie de Ikea de cada mueble en el que ponen sus reales posaderas los protagonistas.
La trama logra engancharte, no lo negaré -más la primera que la segunda- pero para llegar al meollo hay que ser un auténtico corredor de fondo: debes meterte entre pecho y espalda, nada menos que unas 200 páginas antes de llegar a algo interesante. ¡200 páginas! en las que no dejas de preguntarte dónde empieza lo bueno. Luego dicen que se lee poco.
Me imagino que la muerte prematura de su autor y la falta de una revisión sosegada y posterior poda, son la causa de que tantos árboles no te dejen ver el bosque.
Pero si algo se le debe conceder a Larsson es el mérito de haber dado a luz uno de los personajes más rabiosamente atractivos de los últimos tiempos. Más aún, cuando reluce con brillo propio entre una masa de figurantes prototípicos y previsibles (no soporto a la desenvuelta y liberal directora de la revista Millenium, Erika Berger... aggggg).
Lisbeth Salander es una mujer diminuta y fiera, tatuada hasta las trancas y horadada de piercings. Brusca en las maneras, parca en las palabras y poco dada a efusiones afectivas. Bisexual, amante de las motos, del heavy metal y boxeadora aficionada.
Nada de lo que dicen los papeles oficiales se acerca a una mínima verdad sobre ella. Aunque sean precisamente las falsedades que tejen su expediente las que le proporcionen la cobertura perfecta para intentar vivir en paz.
Diagnosticada como una sicótica violenta y con cierto retraso mental debido a su negativa a contestar los test siquiátricos, Lisbeth posee una memoria fotográfica, un talento natural para las matemáticas y para la informática lo que la convierten en una hacker sin contrincante.
Sus dotes de investigadora minuciosa, perspicaz y precavida pueden transmutarse en una violencia salvaje cuando se siente agredida.
Lisbeth nunca llora, nunca pide ayuda, sobrevive con un instinto animal que la aleja de todo ciudadano bien pensante. Se ha curtido en el maltrato, el abuso, la injusticia, el ensañamiento de un Estado al que ha decidido renunciar. Es una outsider con derecho propio, una mujer contracorriente en un mundo de hombres violentos y brutales.
Me gusta Lisbeth Salander.