Hay aguaceros inesperados que te sorprenden en la inconsciencia de la primavera. Caen sobre ti en ciudades lejanas donde no tienes cobijo posible, ni casa, ni paraguas, ni siquiera zapatos. Te pescan con vestidos inapropiados, con la alegría provisoria del viajero que prende su mirada no en el cielo, sino en las esquinas de un mundo nuevo.El agua cae con un único plan definitivo que tú ignoras alegremente en la penumbra de una taberna, ante una copa de vino. Apenas haces caso del hombro humedecido, cruzas ríos, atraviesas cascadas, te extrañas del pánico ajeno mientras sonríes sintiéndote invencible.
Pero la lluvia sabe. La lluvia conoce tu íntimo secreto y persiste hasta que te rindes al peso acuático de sus armas. Sólo entonces comprendes que tu retirada hacia los refugios secretos de la vida nunca puede ser una derrota.
2 comentarios:
Yo sí que amo la lluvia, que he salido de guardia de incendios hace dos días, y para que salgan setas y abran sus amplios sombreros o paraguas ¡Que llueva que llueva la Virgen de la Cueva...! Que buen falta hacía.
Besos.
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